Crítica Literaria (continuación)

 

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A continuación se transcriben completos, varios de los textos tomados de periódicos, revistas, y otros medios, que se hallan resumidos o mencionados en la sección "Crítica Literaria".

 

IRENA, Hija Menor del Zaque.

Presentación de IRENA, Obra de la Escritora Venezolana Mariela Arvelo, con Asistencia del Embajador Dr. Pedro Gómez Barrero.

Trabajo Realizado por Dora Castellanos, Consejero para Asuntos Culturales de la Embajada de Colombia y Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

 Casa de Bello, Caracas, mayo 20 de 1.987

 

“transitamos a veces
nuestra sombra y
vivimos en paz
la soledad de nuestra
muerte”
 
M.A.

IRENA, es la doncella elegida, la mujer fecundada por un dardo de sol, la madre alumbradora de esmeraldas gigantes, que se volvieron niño.

Encontrar el asombro literario requiere largos años de vigilia, persiguiendo renglones escritos, desentrañando metáforas, destilando quintaesencias, año tras año, libro por libro. Hemos encontrado obras buenas y malas, obras óptimas, obras maravillosas, inolvidables. Pero rara vez culminamos hasta el éxtasis de los hallazgos. Centenares de nombres caen de nuestros bosques y hoja por hoja pueden volverse limo de olvido.

Lectura tras lectura de pronto el asombro nos sacude con su estremecimiento: Eureka! Hemos hallado, buscando lo que no hemos perdido hallaremos el brillo incorruptible de un filón de oro. Buscando antracita descubrimos de pronto el golpe de un diamante cuajado.

Así ha sucedido en nuestras lecturas emocionales. Han sido diamante vivo y oro puro, Safo en Grecia, Jorge Manrique, Cervantes, y Miguel Hernández en España, Shakespeare en Inglaterra, Dante en Italia, sor Juana Inés de la Cruz en México, José Asunción Silva, León de Greiff, Enrique Caballero, Gabriel García Márquez en Colombia y Mariela Arvelo en Venezuela.

A ella, solamente, vamos a consagrar toda nuestra atención y toda nuestra admiración. En libros sucesivos, escritos por ella con anterioridad a éste, hemos ido encontrando rumbos ciertos entre la rosa de los vientos. Hemos ido descubriendo los laberintos luminosos que socavan sus palabras en las can­teras del idioma poético. Hemos ido sintiendo el peso específico de cada palabra en la balanza de las ideas. Con símbolos mágicos que ella maneja, la palabra adquiere una tercera dimensión, logra expresar lo inexpresable, trasciende sus límites, adquiere alturas y profundidades insospechadas. Con este lenguaje de magia, urde y trama y teje Mariela estos re­latos poéticos deslumbrantes, donde el mito, la verdad y el sueño se vuelven poesía.

En este bello libro Mariela Arvelo muestra y demuestra que nuestros pueblos fueron uno solo. Los barí y los chibcha son los mismos.

Nuestros dos pueblos fueron uno desde el origen del hombre mismo. Y ahora estamos aquí nuevamente unidos y nunca separados y más unidos todavía por libros como éste que excavan en la verdad y el mito de las teogonías precolombinas hasta la propia génesis de nuestra existencia. Testimonios tan poéticos como éste enlazan nuestras dos naciones con más hermosos lazos de amor que tratados y leyes y convenios. Porque nos sentimos más cercanos, cuando descubrimos que somos criaturas de la misma diáspora infinita de un solo padre, en el claustro materno de una madre misma.

Nuestros hermanos de leche y nuestros hermanos de sangre habitaron entre los barí y entre los chibcha y Mariela descubre que los propios embriones que nos dieron el ser elemental palpitaron al unísono en el mismo seno de una sola noche desde los laberintos profundos del mismo padre que nos dio la vida con una sola consigna: amarnos sin remedio, porque so­mos hermanos de sangre y de leche, de monte y de llanos, de lagos y lagunas, de truenos y relámpagos, de mares y de ríos desde kokeba en el origen del agua y los peces y tokuaiba en el trino inicial de los pájaros, hasta nuestro señor el zipa tisquezuza, hasta nuestro señor el zaque goronchaga, hijo del sol y dueño de la luna en cada quien y en cada uno de sus guerreros, en cada cual y en cada una de todas sus concubinas. Por las crestas empinadas de los montes por los breñales de las serranías, por valles y praderas bajaron y subieron estas tribus vivientes: pero uno solo fue su embrión ancestral, una sola raíz primigenia.

Queridos amigos: está delante de nosotros un asombro de escritora: Mariela Arvelo, a quien ofrecemos la admiración que se merece. Con gallardía y talento representa ella las letras de Venezuela en Venezuela, las letras de Venezuela en otros países y en el concierto de las naciones que hablan el idioma de España.

Los invitamos a leer "IRENA" libro fantástico en el sentido neto del vocablo. En él las imágenes desbordan su cauce, las metáforas se crecen como los genios de las mil y una noches, la poesía  se agiganta con desmesuradas proporciones. La aliteración, en su estilo, adquiere afirmaciones categóricas y necesarias, son notas altas, repetidas con brillo, así como  un leit-motiv en el tejido de las sinfonías.

Lean ustedes esas páginas de alborotada poesía donde la fantasía de lo mágico inventa arpegios de una originalidad absolu­ta, de un categórico deslumbramiento, hada madrina entre las tribus vernáculas del territorio venezolano. Mariela Arvelo ha cabalgado ventiscas, ha fatigado los ríos oscuros de las selvas, ha vivido entre los indios para arrancar a las tribus sus misterios y sus mitos. En un lenguaje refulgente y buído, manejado con maestría y donaire escribe los mitos y consejas de muchas tribus aborígenes, logrando plasmar textos poéticos de una gran plasticidad donde el idioma da de sí resplandores originales, de colosales dimensiones.

Dice ella: "tu reino ya no existe, existe solo en mí" en los indios chibcha, en los indios barí que soy yo misma, IRENA la doncella elegida, la mujer fecundada por un dardo de sol la madre alumbradora de esmeraldas gigantes, que se volvieron niño. IRENA engendrada por el relámpago del Catatumbo y sepultada bajo el arco iris de bacatá, entre ventiscas de oro entre neblinas doradas y grises, donde los basunchimba, el espíritu de los muertos, habitan en el kogdá sabá, limbo perfecto para apagar la historia, para encender la leyenda, historia y leyenda que unen a los pueblos de Venezuela y Colombia con un nudo apretado de raíces fraternas porque, al decir de la propia autora "nuestro silencio sigue unido, porque ya conquistamos el ocaso", porque una pradera de esperanza se abre en el horizonte y porque a la manera de nuestros antepasados comunes pueden nuestros dos pueblos tejer sus mantas de alegría con el mismo algodón conque los barí y los chibcha tejieron mantas para envolver sus muertos para arropar sus vivos. "porque estamos aquí donde alumbran luciérnagas, donde renacerán pequeñas margaritas" y somos hijos de un mismo sol, con las mismas estre­llas por cien edades y otras mil y una edades hasta la consu­mación de los siglos.

En gracia a la brevedad no diré aquí párrafos magníficos que ya tendrán ustedes la felicidad de leer.

Y para concluir estas palabras repito las poéticas frases que Mariela Arvelo escribe para expresar el espíritu de los basunchimba. "somos los muertos basunchimba, de la región del viento fuerte, donde no vive nadie, de la región únicamente para asombros y otros inútiles recuerdos, la suerte de tu pueblo me dolía en mi pueblo cuando los chibcha y los barí, reconciliaron desde el fondo la primigenia dualidad."

Sí, querida audiencia, "IRENA" ha sido escrita para asombros, el asombro de todos los lectores y admiradores pero jamás para inútiles recuerdos.

Pido para ella no solo admiración de lector asombrado sino el nutrido aplauso que se merecen el talento y la consagración.

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MARIELA ARVELO: LA PALABRA DESLUMBRANTE

 (Fragmento del texto de Dora Castellanos en la Revista BCV Cultural - Banco Central de Venezuela; Año 8, No 22 , 2008; pp. 2 - 8)

“Somos aves azules
y la mañana de la primavera
emprenderemos vuelo”
 
Mariela Arvelo

Leyendo año tras año, libro tras libro, encontrar el asombro literario, requiere largo tiempo de vigilia. Hay que investigar muchas obras, recorriendo en ellas renglones escritos, desentrañando tropos, metáforas, alegorías, para poden al final, hallar quintaesencias verdaderas. Hemos encontrado obras malas, buenas, otras óptimas y algunas maravillosas e inolvidables. Rara vez culminamos en el éxtasis de los hallazgos. Centenares de nombres caen de los bosques interiores de la memoria nuestra y, hoja por hoja, pueden volverse limo de olvido en nuestro corazón.

Lectura tras lectura, de pronto el asombro nos sacude con su estremecimiento:¡Eureka! Hemos hallado, como Arquímedes. Y buscando lo que no hemos perdido, encontramos el brillo incorruptible de un filón de oro. Persiguiendo antracita, descubrimos de pronto el golpe deslumbrador de un diamante cuajado.

Así ha sucedido con nuestras lecturas emocionales   y mentales. Algunos libros han sido diamante vivo, oro puro. Safo en Grecia; Jorge Manrique, Cervantes, García Lorca, Machado y Miguel Hernández en España; Shakespeare en Inglaterra; Marguerite Yourcenar, Antoine de Saint Exupéry y Marguerite Duras, en Francia; Dante en Italia; Goethe en Alemania; sor Juana Inés de la Cruz en México; José Asunción Silva, León de Greiff, Enrique Caballero, Gabriel García Márquez, Germán Pardo García en Colombia y Mariela Arvelo en Venezuela.

En este trabajo, vamos a consagrar nuestra admiración por ella. En sus libros, hemos ido encontrando rumbos ciertos de belleza, entre la rosa de los vientos de la literatura. Hemos descubierto laberintos luminosos que ella inventa, construyéndolos con palabras magníficas, extraídas de las canteras profundas del idioma poético. Hemos sentido el peso específico de cada vocablo, en la balanza de las ideas. Con los símbolos mágicos que maneja, las palabras adquieren una tercera dimensión; logran expresar lo inexpresable, trascienden sus límites; adquieren alturas y profundidades insospechadas. Con este lenguaje de encantamiento, urde, trama y teje relatos poéticos deslumbrantes, donde el mito, la verdad y el sueño se vuelven poesía.

La poeta que hay en Mariela Arvelo se manifiesta en su bellísima prosa, que muchas veces tiene la singularidad de expresarse en endecasílabos o versos sáficos, los más melodiosos de la poesía clásica; otras veces escribe alejandrinos, con cada uno de sus hemistiquios perfectos, pero parece no percatarse de ello.

Sus metáforas abarcan armoniosamente los trescientos sesenta grados de las posibilidades literarias y se elevan más alto que las estrellas todas. No podemos adivinar nunca en dónde va a desembocar el río de sus percepciones.

Pinta cada situación, sin delinear sus perfiles, como en la pintura impresionista y nos regala cuadros bien logrados de emociones, aportando brochazos de inusitados colores que producen efectos increíbles. Leerla es un deleite del espíritu. En sus relatos la palabra adquiere más extenso y profundo sentido que el solo sentido neto que tiene cada una de ellas.

Una amapola es más que una amapola, para convertirse en "amapola de fuego" como un floral incendio; y un diamante puede brillar más que todos los soles. Elabora piezas de oro de buena ley, sin intentar nunca ofrecemos bisutería dorada.

Entre las muchas que ha escrito, comentaremos brevemente dos obras: Irena y Azahara y el Califa. En unas pocas páginas no caben el análisis y los comentarios sobre la inmensidad de toda su creación. 

En el libro Irena, Mariela muestra y demuestra que nuestros pueblos, Venezuela y Colombia, fueron uno solo. La tribu Barí es la misma tribu Chibcha.

Ellas fueron un solo pueblo desde el origen del hombre mismo. Estamos unidos y nunca separados; nos unen Los Andes, que nos hacen "hermanos siameses" como lo dice un poema de nuestra autoría en el libro Con luz de tus estrellas dedicado a Venezuela. Nos hermanan libros como Irena. Este último excava en la verdad y el mito de las teogonías precolombinas, hasta la propia génesis de nuestra existencia. Testimonios tan poéticos enlazan nuestras dos naciones con más hermosos lazos de amor que los tratados, las leyes y los convenios políticos. Nos sentimos más cercanos los unos de los otros, cuando descubrimos que somos criaturas de la misma diáspora infinita de un solo padre, en el claustro materno de una madre misma, la tierra.

Nuestros hermanos de leche y de sangre habitaron entre los Barí y los Chibcha y Mariela descubre que los propios embriones que nos dieron el ser elemental, palpitaron al unísono en el mismo seno de una sola noche, desde los laberintos profundos del mismo Padre Eterno que nos dio la vida con una sola consigna: amarnos sin remedio, porque somos hermanos no sólo de sangre y de leche, de monte y de llanos, de lagos y lagunas, de truenos y relámpagos, de mares y de ríos, desde kokeba en el origen del agua y los peces, y tokuaiba en el trino inicial de los pájaros, hasta nuestro amo y señor el ZipaTisquesusa y hasta nuestro amo el Zaque Goronchaga, hijo del sol y dueño de la luna, en cada quien y en cada uno de sus guerreros, en cada cual y en cada una de todas sus concubinas. Por las crestas empinadas de los montes, por los breñales de las serranías, por valles y praderas bajaron y subieron estas tribus vivientes, pero uno solo fue su embrión ancestral, una sola su raíz primigenia.

Irena es un libro fantástico en el sentido estricto del vocablo. En él las imágenes desbordan su cauce; las metáforas crecen como los genios de las Mil y una noches; la poesía se agiganta con desmesuradas proporciones. En su estilo, las aliteraciones adquieren afirmaciones categóricas y necesarias para la intensidad del relato; son notas altas, repetidas con brillo para imprimir más énfasis al texto. Son como el leitmotiv en el tejido melódico de las sinfonías.

En las páginas de sus libros Irena y Azahara y el Califa, de alborotada poesía, suenan y resuenan la fantasía de lo mágico y los arpegios de una originalidad absoluta, que nos llevan a un categórico deslumbramiento.

Hada madrina entre las tribus vernáculas del territorio venezolano, Mariela ha cabalgado sobre ventiscas; ha fatigado los ríos oscuros de las selvas; ha vivido entre los indígenas para arrancar a las tribus sus misterios y sus mitos, para convertirlos en obras que son orgullo no sólo de la literatura venezolana, sino de la literatura universal. En Azahara y el Califa se apropia de la personalidad imaginada de la favorita y ella misma se enamora del califa para decir bellas palabras como poemas; aquellas que sólo alcanza a expresar una mujer enamorada.

Irena y Azahara han sido escritas para muchos asombros; el asombro de todos sus lectores, pero jamás para "inútiles recuerdos" como ella misma dice. De estos libros repetiremos algunos fragmentos.

Ella escribe "tu reino ya no existe, existe sólo en mí, en los indios chibcha, en los indios barí que soy yo misma". Irena, la doncella elegida, la mujer fecundada por un dardo de sol, la madre alumbradora de esmeraldas gigantes, que se volvieron niño. Irena, engendrada por el relámpago del Catatumbo y sepultada bajo el arco iris de Bacatá, entre ventiscas de oro, entre neblinas doradas y grises, donde "basunchimba", el espíritu de los muertos, habita en el "kogdá sabá", limbo perfecto para apagar la historia, para encender la leyenda, historia y leyenda que unen a los pueblos de Venezuela y Colombia con un nudo apretado de raíces fraternas. Al decir de la propia autora, "nuestro silencio sigue unido, porque ya conquistamos el ocaso"; porque una pradera de esperanza se abre en el horizonte y a la manera de nuestros antepasados comunes, pueden nuestros dos pueblos tejer sus mantas de alegría con el mismo algodón con que los Barí y los Chibcha tejieron mantas para envolver sus muertos, para arropar sus vivos. "Porque estamos aquí donde alumbran luciérnagas, donde renacerán pequeñas margaritas" y somos hijos de un sol único, con las mismas estrellas por cien edades y otras mil y una edades, hasta la consumación de los siglos.

Para expresar el espíritu de la tribu de los "basunchimba", dice la autora: "somos los muertos basunchimba, de la región del viento fuerte, donde no vive nadie; de la región únicamente para asombros y otros inútiles recuerdos; la suerte de tu pueblo me dolía en mi pueblo cuando los chibcha y los barí, reconciliaron desde el fondo de la primigenia dualidad".

En un lenguaje refulgente, manejado con maestría y donaire, describe los mitos y consejas de muchas tribus aborígenes, logrando plasmar textos de una poesía y belleza increíbles, de una plasticidad asombrosa, donde el idioma da de sí resplandores originales, insospechadas dimensiones.

 Este párrafo se refiere al parto de una mujer indígena:

 "...Fui hasta la más absurda lejanía y esperé el ritmo de rugidos que seguían acercándose... De pronto la hojarasca resbaló de mis sienes, de pronto el cráneo y las caderas y todas mis corrientes sensitivas se reunieron muy juntas bajo el seno, y fue eso nada más, un estarme muriendo bajo el seno, siguiendo líneas rectas al morirme. Había llegado al sitio de rendirme, sin que llegara el tiempo todavía... Pero no era ese aún. No todavía. Entonces, cuando el resto del mundo era ese vientre que ya no resistía, me volví loca de sudores, y me bebí a torrentes los sudores que ahogaban la enramada. Me detuve. Ese estremecimiento era final. Tenía que ser final (por siempre yo epicentro de truenos en derrumbe) sentí las patas de la "shamari-yoma" y el poderío que me hacía falta para expulsar entrañas y expulsar mis volcanes consumidos y las serpientes consumidas y las cenizas de todos mis muertos. Recobré los sentidos. Se detuvieron las esferas girantes, los espacios girantes, el remolino donde había girado. Armonicé los brazos, como sombras enormes, desprendidas y le sostuve al mundo lo que de mí nacía. Mi hijo". 

En Azahara y el Califa cuenta el inmenso amor que Azahara, la favorita, siente por el califa Abd-al Rahman III. Durante el famoso califato de Córdoba, este soberano construye para ella la feérica ciudad Medinat Al-Zahra cuyas ruinas pueden verse ahora en España. Ella, entre todas las mujeres del serrallo, lo ama constante hasta que la muerte llega y los separa eternamente.

En sus obras, especialmente en esta, lo amoroso es eróticamente casto. En el caso de Azahara, la favorita, si para el califa ella hubiera bailado la danza del vientre a la manera árabe, con seguridad no hubiera dejado caer el séptimo velo.

En esta novela, los colores agregan destellos cromáticos. Mar y cielo invaden con sus azules los espacios del canto; el rojo, como un grito inaudible enciende en fuego la historia que se cuenta. El blanco se vuelve pétalos para refrescar la espalda del amado. El amarillo fulge en oro y en todo lo dorado del reino; en la orla de los velos de las bailarinas; en las grímpolas que se exhiben para invitar al combate; en el vértice del turbante real, en las orillas del mágico alquicel que envuelve al amado como nube blanca de áureos resplandores; en la verticalidad elegante de su chilaba; en fin en la corona de los girasoles que madrugan a enfrentar los besos del sol o saben morir con humildad sobre la tumba de los muertos. Así todo, como en la frase "cuál de los dos entraba al Primer Cielo, color de oro bruñido, donde Allah multiplica las estrellas".

Los colores y las flores son importantes en este relato. Descritos con intensidad, los colores del universo agregan toques vivos y con su espectro abrillantan todos los prismas de la novela.

Rosas, margaritas, amapolas, girasoles, iluminan las páginas con sus rostros siempre bellos, deslumbrantes. Son tan vívidos sus pétalos que alcanzan a exhalar el aroma que guardan.

La luz siempre resplandece. El sol, la luna y las estrellas son meteoros refulgentes que alumbran las palabras para hacerlas más brillantes. Como ya fue dicho, con gran frecuencia, su prosa se resuelve en versos endecasílabos y alejandrinos musicales que bien podrían ser poemas.

La noche en que agonizaba el califa para morir, en el cielo de al-Andalus brillaban las constelaciones Virgo, Libra y Escorpión. Los planetas Júpiter y Venus también estuvieron presentes y cuando el amante Abd-al Rahman muere, en laTercera Luna de Ramadán, ella, Azahara, huye en busca de las playas del sur; cuando llega, corre a hundirse en las aguas y encuentra el sitio ideal para esperarlo eternamente en el fondo del mar. 

Transcribiremos algunos apartes de esta obra:

"En las praderas de los astros / Noche a noche se vuelve un eterno suspiro /Todo el azul del cielo que me dabas / El Alto, el Inmutable, el que establece la armonía / Nadie va a reprendernos por los besos /Vinieron las estrellas hasta el espacio de tu vida / Como astro duende que me quema los hombros / Ya se me mueren las palabras, de tanto no decírtelas / Su rostro poseía la clara fuente de las margaritas, cuando pasan las lluvias / La muerte apenas comenzaba / Para encontrarse con la luz primera / Cuando me tocas, se encienden las luciérnagas / Es preciso seguir en el camino que se remonta a las praderas de los astros/ Te quedas, imborrable, en los linderos de la lejanía / Esta nostalgia que me debilita y me nubla los ojos / La historia de esa noche, fue el regreso oportuno hasta el centro dorado de todas las estrellas / El alfanje de plata brilló por sobre todo el campo de batalla / ¡Sigue adelante, Muerte, tú que formaste nido entre mis hombres, termina de llevarme! / Regresé a ti y a tus palabras / Por eso es que te quedas y te me vas quedando aunque te vayas / Me refugio en los sueños para poder acompañarte, aunque no estés conmigo; me refugio en los sueños para nada / Pensar en ti se ha vuelto mi único motivo /Vienen y van los días, sin sentido / A la extraña aventura de sentirme otra vez en el centro del mundo /Todo fue en una noche, como siempre / Son mudas mis palabras, cuando no las escuchas / Dios es la única realidad / En el ciclo más puro de la vida, donde el amor se da copiosamente /Y el infinito abierto, cuando el prodigio de los arreboles / Si la luna se incendia en esta noche, es para ti / Cuando la tarde se termina, y el ocaso no entiende mi suerte / ¡No te vayas, no te quedes perdido en el silencio! / Solamente el mar sepa el secreto del verano, junto al secreto de tu olvido /Aprendemos a ver un nuevo sortilegio, entre los velos de la medianoche / Se nos enseña a dar nuevas estrellas para los resplandores de este cíelo / Pero nadie me enseña, nadie jamás podrá enseñarme, la distancia de ser, la de existir, en contraste con todo lo que indique tu ausencia / Valdría que te dijera que sigues vivo, en esa intensidad que tiene el sol / ¡Baila lirios y pájaros, a un mismo tiempo! / Le ordenas desnudarse, velo a velo, y aparece una estrella en el confín de la mañana / Compartamos el vino de la tarde, que es frío y seco / Estas palabras que ya te pertenecen, pero que son de oro vacío, de perlas muertas / Recordemos nuestros días de estrellas, cuando éramos capaces de ofrecer el cielo / Pero no te detengas en la amargura. ¡Deja que el cielo vuelva a iluminarte! / Para dar a luz un brote de claveles / Que las frases rimadas causan maleficios / Existen influencias mágicas en la escritura... / Estaba recubierta de claveles rojos, color de la belleza / Hamda y Hafsa, poetas andaluzas, desprendieron sus velos, para bordar sus versos sobre la orla de tus vestidos / ¿Podrías esperarme en el fondo del mar? / Deja que me complazca con tus versos, pero no digas más /Tu vida no latía. Se hacía más lejana cada vez, y perfumé tu espalda con rosas blancas / Brisa que nace de la arena sin el Guadalquivir de los milagros / Regresamos entonces a los recuerdos más queridos, a la orilla del mar, en el verano, y al secreto de amor, cuando prendían las luciérnagas / La razón de existir ya no existía. Yo no podía entender cuál de los dos era el agonizante / Nos detuvimos. Miramos su grandeza.  Mármol azul y rosa / Recordamos al pequeño Príncipe. Nuestro Príncipe, y se encendieron los claveles rojos / ¡Mírame ahora, con el sol del desierto, para que justifiques este resto de vida! / Resonaba tu voz, por sobre el mundo / Entendimos el día del adiós, con los primeros girasoles / Izra'il, Arcángel de la Muerte, había llegado /Tu caballo, adelante, parecía que se alzaba por sobre todos los azules / Ahora permanezco, en la orilla del mundo, y regreso al origen, desandando / Camino entre las flores que una vez fueron mías / El halcón Nasr y la diosa ‘Al Uzza, expertos en olvido y lejanía /Todo se queda lejos, menos tu presencia / Llego a la orilla.Tú pareces estar hecho de viento / El mundo resplandece. Y corro a hundirme entre las aguas / Estaré lejos mucho tiempo, hasta el fin de la noche / Voy a esperarte en el fondo del mar".

  Con nobleza y talento, Mariela Arvelo representa las letras de Venezuela en Venezuela, las letras de Venezuela en otros países y en el concierto de las naciones que hablan el idioma de España.  

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MARIELA,  AZAHARA Y EL CALIFA

(Discurso de Presentación de la Novela AZAHARA Y EL CALIFA.  Caracas, 2005).

Por: Oscar Sambrano Urdaneta

 

La sorprendente Mariela Arvelo. Conozco a Mariela Arvelo y cultivo su refrescante amistad desde hace tiempo. A veces pueden pasar años sin que exista comunicación alguna entre nosotros. Pero los verdaderos sentimientos amistosos son como los árboles, que no requieren de riego cotidiano para que permanezcan lozanos y florezcan.

Debo confesar, sin embargo, que es ahora, en reciente aproximación a su existencia literaria, cuando he advertido que era poco lo que yo conocía de sus méritos académicos. Pretendo, en consecuencia, que estas palabras reflejen mi renovada admiración por su trayectoria intelectual.

En descargo mío debo comenzar por decir que sus libros los fui leyendo a medida que aparecían. Son siete en total, desde Vitrales (1975) --conjunto de doce relatos poéticos que vienen de la comarca de sus sueños y de su fantasía, capturados en madura lengua literaria--,  hasta el más reciente, Azahara y el Califa, relato único de amor y poesía, a ratos herido por la violencia en el Andaluz, durante el siglo décimo de nuestra era, a mi modo de ver continuación del cautivador estilo lírico y fantasioso de su primer libro Vitrales.

Aparte de su obra literaria, conocía la alegría de esta hermosa criatura con mucho de magia gitana, que sabe cantar, que le gusta cantar, que brinda su alma en cada canción. Todo esto me consta desde la primera vez que la escuché en un coro de voces familiares que interpretaba canciones del repertorio folklórico venezolano, en la vegetal casa de El Paraíso donde vivía su padre, el queridísimo amigo y admirable poeta Alberto Arvelo Torrealba, quien también intervenía –y muy bien-- en la íntima agrupación vocal.

Sabía de sus cualidades como una exigente trabajadora intelectual que teje y desteje en silencio sus narraciones mientras permanece en bajo perfil, porque a Mariela no la seduce la notoriedad, que no busca, ni rechaza si espontáneamente le llega. En cambio, le ha interesado siempre la indagación dentro de sí misma, la búsqueda de los fantasmas que se ocultan en nosotros, y que andan y desandan por los vericuetos de nuestra memoria, de preferencia en las nocturnas horas de soledad.

Aparecen ellos sin que podamos --o queramos-- identificarlos como engendros propios o ajenos, si hijos de nuestra fantasía o seres reales que provienen de la experiencia vital, o tal vez de las hojas marchitas de libros olvidados que alguna vez leímos. Sea cual fuere la respuesta a la procedencia de estas suscitaciones, lo que parece evidente es que ellas –ya  propias, ya ajenas--, se funden en el  crisol íntimo con el que cada poeta, a su modo, las recrea y se las apropia con absoluta legitimidad.

Desde afuera se puede intuir que los metales nobles fundidos en el  crisol artístico de Mariela, se convierten  en personajes, ambientes y aconteceres que son ya absolutamente suyos, aunque en su origen hayan sido ajenos. Sobre esta posesión, muy particular en la escritora,  cabe referir, como un hecho veraz, que con algunas personas de la vida real se ha identificado y compenetrado tan intensamente, que según propia confesión ha terminado por apropiárselas y trasladarlas a sus poemas-relatos transmutados en personajes, a los que libera como quien deja en libertad aves hermosas, con  la ilusión de que otros puedan compartir la gracia de su vuelo y el dulce  trino de sus cantos.

Sabía de ella  cosas que todos sabían, como su descendencia de una familia de grandes poetas barineses: Alfredo Arvelo Larriva, Enriqueta Arvelo Larriva y Alberto Arvelo Torrealba. Conocía a su hermano Alberto Arvelo Ramos, amigo muy admirado, escritor y cineasta de grandes méritos, y profesor universitario respetado y querido en la Universidad de Los Andes. Sabía de Antonio Rodríguez Tamayo, su esposo, un ingeniero con alma de artista, quien además de acompañarla en la vida, suele hacerlo también al piano, o con un cuatro, en gratas veladas familiares.

Sabía todo esto, pero ignoraba que aparte de su lengua materna, Mariela tiene dominio sobre tres idiomas contemporáneos, que la califican incluso como traductora excelente. No tenía nociones de que además de su Licenciatura en la Escuela de Letras de la Universidad Central, había seguido cursos de Extensión de Sociología y Antropología en la Universidad de Southern (California), y de que su interés por estas ciencias la había aproximado al diálogo con eminentes antropólogos venezolanos, entre ellos, Miguel Acosta Saines, Esteban Emilio Mosonyi, María Matilde Suárez y Jeannine Sujo, con quienes intercambió puntos de vista acerca de cómo ayudar la autogestión de nuestros grupos indígenas  sin mancillar sus culturas. Tampoco tenía noticias de sus interesantes viajes de observación por muchos países del nuevo y viejo continente, ni de su  residencia por largas temporadas en los Estados Unidos, Francia, Italia y Bolivia.

Los años de vida errática despertaron en ella la sensación de desarraigo, común en hijos de diplomáticos. Tal vez, es probable, que esta especie de exilio de unas tierras a otras, de unas casas a otras casas, de unas ciudades a otras ciudades, haya sido uno de los factores del persistente afán de Mariela por encontrar las raíces de la gente venezolana –que son las mismas suyas--, para asirse a ellas en solicitud de identidad, sosiego y anclaje.

Desconocía yo que siendo muy joven, su contacto directo con los quechua y los aimara de Bolivia, y más tarde con las culturas indígenas mexicanas, habían avivado sus esfuerzos por conocer las raíces étnicas del venezolano, ni que este interés fue de tal magnitud que llegó a ser responsable de una trilogía de novelas indigenistas: Akaida, inspirada en los warao del Delta del Orinoco; Orasimi, en los yanomani del Alto Orinoco; e Irena en los bari de la Sierra de Perijá, y en los chibcha de la llanura bogotana. No tengo noticias de otro escritor venezolano que haya hecho una contribución mayor a nuestra novela indigenista, cuya más lejana manifestación creo que se debe al zuliano José Ramón Yepes y a su obra Anaida e Iguaraya.

Su empeño por indagar en este campo, explica no sólo sus estudios sobre algunas de nuestras etnias más importantes --con algunas de las cuales entiendo que ha convivido durante breves temporadas--, sino también su inclinación por conocer mejor los elementos afroamericanos que son parte fundamental de nuestras raíces.

Es obvio que las búsquedas de Mariela  habrían quedado incompletas si no hubiese extendido sus pesquisas a nuestros ancestros europeos. Pero ha sido ahora –y gracias a la página web que sus hijos le obsequiaron-- cuando me estoy enterando de que la atracción de Mariela por España comenzó bajo la fresca palabra de su padre, que le hablaba poéticamente del Guadalquivir, del Cid, de la Alhambra, de García Lorca. Tampoco sabía yo del emotivo y determinante viaje de Mariela por la ruta del Quijote, y de su visita a Córdoba, la ciudad más importante y avanzada del Viejo Continente en el siglo X, cuando el Andaluz era gobernado por el Califa Abd-al-Raman III, a cuya bella favorita Azahara, el soberano musulmán le construyó una medina, en la que vivieron, apenas interrumpido por la guerra, uno de aquellos romances que alcanzan la inmortalidad.

 Mariela, Azahara y el Califa. Como ya le había ocurrido con doña Rita Tamayo de Rodríguez, su madre política, cuyo carácter y personalidad llegó a asumir la nuera con sorprendente y extraña intensidad --de ello da testimonio la segunda novela de Mariela, El trueno fue una de mis tumbas (1979)--, tanto la seduce en Córdoba enterarse de la existencia de Azahara y de su relación con Abd-al-Raman III, que se identifica con ella al extremo de sentir dentro de sí misma la intensa pasión amorosa que unió a la legendaria Azahara con el Califa.

Aquel fue sólo el punto de ignición. Sin embargo, para escribir una novela en la que el contexto histórico es el poderoso y cultivado mundo musulmán hispánico de la Baja Edad Media, era necesario no sólo el chispazo de la empatía, sino que se hizo indispensable acudir a numerosas fuentes de consulta, comenzando por El Corán, y extendiéndose a obras especializadas, como la España musulmana, de E. Levi-Provençal

La exigente investigación de Mariela se evidencia en la incorporación de vocablos de la lengua árabe, mitos y leyendas, costumbres ceremoniales, personajes y episodios históricos, flores y frutos característicos, nombres precisos de armas, y protectores usados por los guerreros musulmanes. Esto mismo se aprecia también en la cronología que aparece al final de la obra, y que comprende, en una gran síntesis, los hechos más importantes relacionados con la expansión del mundo árabe, desde el año 622 de nuestra era hasta 1492, esto es, un total de más de ocho siglos. No satisfecha con esto, la autora añade reproducciones de mapas de el Andaluz y hasta de su firmamento, con la posición de aquellos astros que aparecen en el nivel mítico del relato, relacionaos con los dos planetas protectores de Abd-al-Raman, Al-Zuhara y Al-Mustari.

Por lo que hasta aquí he esbozado, ya se habrá podido inferir que esta obra es la más exigente de cuantas hasta ahora nos ha entregado Mariela Arvelo. Toda ella está escrita en segunda persona, pues se trata del relato imaginario que de sus antepasados y de su propia vida de guerrero le refiere Azahara a su amado Califa, no porque este lo ignorase, sino por el refinado placer que en la concepción imaginativa de Mariela experimentaba Abd-al-Raman escuchándolo de labios de su bella enamorada. En este sentido, y sin que pretenda señalar influencias, el poder encantatorio de la palabra de la favorita Azahara, recuerda la de la bella e ingeniosa Shahrazad de Las mil y una noches.

La gestación de esta novela, que comenzó en 1983, cuando la autora se hallaba en Córdoba, permite imaginar una labor de exigente y amorosa entrega por años al perfeccionamiento de un relato, sembrado de poesía y de buen gusto, en lengua literaria impecable, escrito para que podamos compartir la intimidad imaginada de Azahara. Como suele apreciarse en muchos textos narrativos muy identificados con su autor, en este de Mariela Arvelo se presientan también algunos destellos del mundo recóndito de la propia autora.

Lo demás que restaría por decir, lo musitará la propia Azahara al oído de cada lector.

Oscar Sambrano Urdaneta
Tierra Firme
Diciembre 2005.

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 MARIELA ARVELO: LA ESCRITURA DE VITRAL

Por: Alicia Perdomo H.
Revista “Corpovoz”, Caracas, Mayo, Junio 1988
pp. 37- 41

 

            Corría el año 1975, cuando Mariela Arvelo publica Vitrales. Justo, desde ese momento, esta escritora explora el misterio de la palabra. Vitrales es un mundo caleidoscópico en el cual los recuerdos y las sensaciones tienden a sobreponerse y confundirse, porque los recuerdos tienen la intensidad de las sensaciones actuales y las metáforas, y las sinestesias circulan libremente... Los objetos, las personas, la luz y la oscuridad, se mueven en función de un centro de percepción.

            En la literatura actual, hay una marcada tendencia a la eliminación casi total de las fronteras entre los géneros literarios. Poesía, novela, ensayo y teatro no son ahora lo que eran para la estética tradicional (dominios aislados y autónomos). De igual modo, no es difícil observar que el mayor poder de expansión (de invasión, más exactamente) lo tiene la poesía. La irrupción de la poesía en el corpus de la novela tradicional, tuvo como consecuencia la abolición de los elementos clásicos a favor de un nuevo tipo de escritura. Mariela Arvelo no fue la excepción a la regla. ¿Qué hace ella? ¿Poesía? ¿Relatos? Inventamos un término que lo encierra todo: Vitrales. La escritura de vitral tiene un carácter específicamente sugestivo y está basado en analogías, correspondencias y símbolos. Esos Vitrales se rompieron y saltaron de aquel primer libro... Sus trozos están en El trueno fue una de mis tumbas, Irena, Orasimi, Akaida, La dama de los cardos, La bruja Mijaíl, La noche de los gavilanes y Beatriz Santamaría.

            Una de las frases más acertadas acerca de Vitrales, fue la de Vicente Gerbasi en la presentación del libro: "Recorrer espacios del lenguaje donde cada objeto adquiere su propio valor plástico, su propia levitación y donde el alma asume su angélico o demoníaco poder poético". Lo que dice Gerbasi es válido para el resto de la obra de Mariela. El sentido de lo que es arte, belleza, pasión, es aclarado por las más comunes palabras y el alma, aprende, paulatinamente, a estremecerse bajo las gotas de lluvia o bajo el soplo caliente y áspero del viento. Cerca de la verdad profunda de la naturaleza humana, poco a poco, el personaje experimenta todas las alegrías comunes de la existencia. Todas las posibilidades tienen que ser asumidas con pasión: "Ven ahora. Deja que te tome del brazo por la vereda junto al bosque. Ahora que ya no estoy donde tú estás. Ahora que ya me fui. Ahora que siempre soy en el lugar que tú eres. Ven y camina junto a mí. Mira el camino que se va en la hierba. Mira como la fuente humedece la sombra (...) ¿Ves que me quedo en esas manos tuyas y me quedo en tu suerte?"1

            El valor de la obra de Mariela Arvelo, su extraordinario eco en la conciencia contemporánea, no es determinado por el interés que pueda presentar la intriga, sino por el modo de construcción, por el análisis fino, minucioso, insistente del universo interior del personaje.

            La narración en primera persona (aunque use otras personas gramaticales) es justificada por el carácter de confesión de la escritura y tiene, en el plano estético, un efecto de inmediatez de lo hecho y de lo auténtico. La expresión se adapta a la atmósfera y a la emoción, vibrando según el dramatismo de la situación.

            El término narración tiene una justificación más o menos aparente en su obra. Aunque se reproduzcan diálogos y se conserven entonaciones orales (especialmente en la trilogía indígena y en la versión que hace de La canción de Lawino), éstas representan aperturas hacia territorios más oscuros situados en el pasado...

            Tras el uso de un lenguaje rico y complejo, la literatura de Mariela Arvelo es generada por una inclemente explicación del sí. Hay un proceso de traspaso y sublimación artística en los que se lleva a la conversión de estos estados abismales, a símbolos, parábolas y alegorías literarias, en medio de una determinada orquestación épica...

            Otra particularidad de su obra, la constituye la concentración absoluta sobre los personajes principales (siempre mujeres) que representan, de hecho, la única fuerza de acción. La escritora se asocia tanto al punto de vista de la protagonista, que casi permanentemente, la perspectiva del personaje central, se superpone a la de la narradora.

            El tiempo, suspendido por el juego de la imaginación, recobra sus derechos. Y sucede que lo material y lo sensible de la tierra, se encuentran en la misma aspiración hacia las lejanías de las alturas:

           "Buscan la cumbre de los cerros, y la rama-velero que da cera aromática. Y me regalan los perfumes. Y ya transfigurados en vecinos, se van hasta el bohío, para ampararse a ras de tierra, y cargar sus pichones a ras de pura tierra, y llevarse a los indios hacia los sitios de antiguos espineros".3

            Los personajes masculinos gravitan en la órbita de una mujer (matriarcado literario) y todo es un pretexto épico destinado a sostener la extensa red metafórica a todos los niveles del texto y se convierte en modalidad narrativa fundamental:

          "Por eso he visitado extensas madrugadas, plenas de mar y olas, y he visitado tardes tan lejanas, que casi se me van entre los ojos".4

            Lo real tiene contornos inciertos en la producción de Mariela (y específicamente en Orasimi, Akaida e Irena) y no puede ser interpretada independientemente de la mitología indígena ni de las estructuras espirituales venezolanas.

            Un paisaje abundante en colores y fragancias es frecuente. El territorio como espacio de aprendizaje, de revelación de secretos, de un nuevo sentido de la felicidad y de la vida. La forma de un monte, el color de la tierra, la fragancia de la hierba, las tonalidades cromáticas del mar o del cielo, no son simples detalles de exterior, sino que convergen todos en la misma definición de una relación directa del hombre con la naturaleza (o del dios con la naturaleza) como su medio auténtico, en el descubrimiento de un sentido más profundo de la existencia, por vías diferentes de la razón.

            Un gran espacio ocupan las descripciones del cuadro natural. Y es que la descripción es un elemento clave dentro de la literatura de Mariela. La naturaleza constituye el medio que cataliza el aprendizaje. Esta lección no hubiese sido posible en una gran aglomeración urbana, donde el contacto con las fuentes primarias de la vida es aniquilado. El retorno del hombre hacia sus esencias originarias, no es posible sino en su medio primordial:

         "Recorrí palmo a palmo mi existencia. Y tú ya me esperabas en el embarcadero. Recordé rostros buenos, de mis primeras alegrías, y recordé crecientes, íntimamente reflejadas en los paisajes íngrimos. Me despedí de duendes protectores, de los alientos de mis rancherías, de los pájaros rojos, de los demonios invencibles, de mis espectros solitarios, de las canciones que siempre me salvaron, de los rezos del brujo, de los tambores que tamboreaban a la ruina”5

            "Hay un libro que siempre quise escribir. No pude hacerlo. Pero hice la versión al castellano". Se trata de La Canción del Lawino, un lamento africano. Original de Okot p' Bitek, Mariela tradujo del inglés. Es un largo poema "donde una esposa ofendida, Lawino, defiende y dignifica las tradiciones de su pueblo, ante la arrolladora penetración de la cultura europea". La escritora hizo una recreación del poema -un largo monólogo, en realidad- y trató de respetar las ideas Acholi "hasta donde me era posible comprenderlas, pero pensándolas y escribiéndolas en castellano". Incluso, logró un ritmo poético similar a un golpe de tambor.

            Con La dama de los Cardos, un cuento para niños basado en una secuencia de cuadros del pintor larense Trino Orozco, sucede algo realmente mágico. Conjurar el quehacer literario de Mariela, y la pintura de Orozco, ha sido acertadísimo. La razón, una sola: Trino pinta desde adentro, como escribe Mariela, y ella escribe como pinta Orozco... "Y... ¿qué más? Y nada más. Sólo invitar a la lectura de esta prosa-poesía, tierna e invencionera, sobre la obra ya madura de un celebrado artista popular".

            Hay un distanciamiento de la visión normal de la realidad y otro que permite proyectar la imagen volcada de la realidad y aceptada por el creador con la conciencia de la ficción. Se descubren aspectos inéditos de una situación...

            La realidad objetiva es suplantada por una suprarealidad igual de coherente, rigurosa y legítima, aunque estructurada de una manera diferente. Todos estos cambios se traducen en el plano del lenguaje literario, en una suspensión de la relación objeto/signo.     

            El sentido exacto desaparece tras una multitud de sentidos posibles. La ruptura de la significación, no es consecuencia de un vacío, sino de abundancia. Los niveles de ambigüedad se amplían:

         "Se me vinieron tus palabras. Las de ayer, y las del otro día. Las palabras sin tiempo. Las de mirarnos” 7

        Irena es el último libro de una trilogía indígena (que se abandona temporalmente) y se completa con Orasimi y Akaida. Para poder entrelazar la historia de los pueblos Chibcha-Barí y lograr una mayor continuidad histórica, Mariela se valió de la protagonista, Irena. Ella está muerta y pertenece a los Basunchimba, seres que miran al pasado, presente y futuro. Irena "observa el nacimiento, desarrollo y esplendor de la cultura chibcha; conoce a Tisquezusa, el Rey Dorado; y ve también la destrucción total del reino, con la llegada simultánea de tres ejércitos conquistadores". Irena se halla emplazada en un centro cósmico y comunica el mundo celeste, terrestre e inferior.

       Con Irena, la mitología Chibcha-Barí fue asumida con profunda admiración. Igual que con Akaida, la mitología warao, y con Orasimi la yanomama. De estas mitopoiesis, renacen Akaida, Irena y Orasimi, las mujeres que ven el universo por los ojos de otra persona y entonces, se produce algo excepcional: la representación de un mundo pluridimensional, más vasto y más profundo que el cotidiano…

1 Arvelo, Mariela. El trueno fue una de mis tumbas, Caracas, MAE 1979, 159p
2 ........ Orasimi. Caracas, Fundarte, 1982, 19p.
3 ………Irena. Caracas, Vitrales, 1987, 51p.
4 ……… Ibidem. 77p.
5 ……… Akaida, Caracas, Armitano, 1980. 77p.
6 ……… La Canción de Lawino (Versión) Mérida ULA 1983, 129p.
7 ……… El trueno fue una de mis tumbas. Ob.Cit. 155p.

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LA TEJEDORA DE SUEÑOS, LA HACEDORA DE CUENTOS

Por: Rubén Osorio Canales.
Revista Nacional de Cultura, número 243
Caracas, Enero- Febrero – Marzo 1980; pp.187- 192

 

Un día estuvo en medio de los habitantes. Vio con detenimiento a las cosas, miró a la gente y escuchó su murmullo, también sus risas y sus llantos, quizás sin comprender.

Un día se sentó en medio del patio, debajo de un sol encendido como una naranja. Vio los corredores, los mirtos, sintió el calor del día y en la noche sintió el frío. Hacia ella llegó el olor del musgo, del mastranto; sus oídos fueron impregnados por el rasguño de una cuerda, también los fueron por las voces, por la canción, por la palabra.

En ella entró la incandescencia de los descubrimientos. La niña se hizo grande, comenzó a comprender, a gestar y a decir; y decidió ser una tejedora de sueños, una hacedora de cuentos.

El primer estallido llegó en el muro transparente de los vitrales. Como los vitrales, se llenó de una luz cambiante de colores, de colores huidizos, traviesos, ásperos; como los vitra­les, estuvo lleno de encantos y de historias que desde tiempo habían estado rebotando en los espejos de sus ojos hechos vitrales ellos mismos.

Todo lo que apareció escrito en vitrales, tenía la lucidez del hallazgo y la fuerza de la historia de tiempo aprendida, y de súbito descubierta, como quien abre una cortina para descubrir un paisaje. El paisaje lo formaron las historias. Las historias fueron de gris, de amarillo, de amaranta, de fucsia y en cada uno de ellos estaba el dolor o la alegría de los hombres, de los muros, de los techos, de los corredores, de los mirtos, de la cuerda y la canción.

Después la hacedora de cuentos, la tejedora de sueños entendió que había llegado el tiempo de las nuevas gestaciones, sabía que toda la gestación estaba al fondo "de uno mismo" y también en todos los elementos.

Era el tiempo de comenzar, era el tiempo del génesis.

Para la tejedora de sueños, la hacedora de cuentos, "el mundo lo habían hecho a medias, nada más" por lo tanto decidió completarlo desde los sueños, desde las vivencias fundamenta­les, desde las historias, desde las nuevas o las viejas voces, y a esas voces, a esas historias, las llenó con las historias de su corazón, con todo lo llevado en la piel, lo reprimido en las entrañas, lo oculto en los gestos de la mente y del sueño. Así, el mundo que está en el fondo de ella misma, comenzó a completarlo. Entonces aparecieron los duendes y la magia para completarlo y también fueron llamados la cólera, el fuego, los rugidos del torrente y el comienzo fue hecho con la ansiedad de una espera, con el presagio de los largos caminos.

Allí estaban el tiempo y el espacio. El universo había comenzado a nacer, a parecerse a algo, a alguien, a tener la tibieza o el frío de uno u otro corazón; y a los espacios y a los tiempos, ya comenzados, la tejedora de sueños, la hacedora de cuentos, sintió el impulso de ponerle colores y olores, de sem­brarles pasiones, locuras, bendiciones del señor y maldiciones demoníacas y a cada una de las cosas, de las entidades, de los duendes, de los deseos y frustraciones, les puso un nombre y al amarillo lo llamo amarillo y al difunto lo llamó difunto y a la locura la llamo locura y a los deseos les puso la fuerza de todos los astros encendidos a lo largo de todo el universo.

El fuego de todas las pasiones lo sembró también en la mitad de las aguas, aguas de un solo nombre, aguas de una sola estrella, de una sola transparencia, con un solo amo envuelto todo, en la paternidad del ancestro con nombres tan viejos, tan diversos, tan hermosos: Yai, Ucumari y en todo ese paisaje de las aguas, las deidades más antiguas ultrajadas y mutiladas; y la tejedora de sueños y hacedora de cuentos al lado del ultraje, contra todos los salvajes, con su amor profundo entristecido, con el sentimiento de las tardes que dan miedo, con los torrentes totales, metida por los senderos de las praderas de los astros, llevándose a cuesta siete tíos muertos, envolviéndose en el trueno y haciendo del trueno una de sus tumbas. Pero con la tumba, el trueno-tumba, los tíos difuntos tumba, con la luz luminosa de la pradera de los astros y dormida al lado del oclipal, como quien dice soñando con oclipal, acompañándose ella, con sus volcanes rosados en el viento, la tejedora de sueños, la hacedora de cuentos, esta Mariela Arvelo, pudo llegar a la tierra prometida.

En toda esta primera parte apenas referida, se advierte que la tejedora de sueños dejó la fragilidad a los vitrales y se metió en un camino mucho más hondo y duro, como es el que se des­prende de la sabiduría aprendida de boca en boca, de tiempo en tiempo, de generación en generación, con toda la poética que cada intérprete va añadiendo a las cosas. Con esa solidez del tiempo de la profunda meditación Mariela Arvelo va al encuen­tro de una construcción que es historia, es invención, y es poesía a flor de palabra.

No pretendo establecer ninguna base para ninguna teoría literaria, pero de las pocas cosas que he podido descubrir está el que la poesía implica una condición terriblemente dura, cruel, difícil y por eso mismo hermosa en la dimensión de su ejercicio como es la palabra adherida. La palabra es el elemento mayor de cualquier construcción literaria, es el ritual verdadero del ejer­cicio. Cuando la palabra se usa bien y se le coloca en su mejor lugar podemos ver el resultado de un gran escritor pero cuando la palabra se adhiere al corazón de quien la ejercita para decirnos algo, entonces estamos hablando de un poeta y Mariela Arvelo es un poeta.

La tejedora de sueños, la hacedora de cuentos, repasan las arcas del alcázar, el torreón, los muros que se le alargan en las pupilas" y señala que ya está en la tierra prometida.

Ha necesitado ser "capitana de diez navíos" y ha cruzado diez océanos para hallarse a sí misma en "ese espacio" en esta tierra prometida. Y allí había de permanecer a veces como un ángel, a veces como el demonio mismo con toda la carga de todas las existencias a cuesta. Porque lo más hermoso de este libro está en la asimilación total que Mariela Arvelo hace de las voces, de los espacios y de las historias de su dramatis personaje, como una necesidad liberadora, recoge los hechos que han estado al alcance de su existencia y los medita y repasa tanto, que llega a hacerlos absolutamente propios, hasta sentirlos en una recreación tan verosímil a su propia vida. Y entonces, en el devenir de su propia existencia, en los altos y en los bajos de sus propias tristezas y alegrías, plasmando dentro de sí las historias de los demás y la suya propia se convierte a lo largo de todas las narraciones del libro: "En retazos de glorias y desdichas, mantuana de mantos embrujados, esencia de virtudes, reflejo de perversidades, hija dilecta de amantes de quinientos años que se han querido torpemente y con sabiduría han continuado odiándose".

Para establecer todo este almacenamiento de las historias ancestrales y de las historias futuras, la tejedora de cuentos detiene el tiempo, se ubica en la mitad misma del tiempo, tanto de aquel que cuenta lunas, estrellas y días menos para vivir, como de aquel que habla del tratamiento afectivo. Para ella el tiempo del génesis es igual al tiempo de los colores dispersos y al tiempo de los amos de las aguas, y al de la tierra prometida y al tiempo de los profetas y al del Gólgota.

"Venga para contarle los lamentos que me perturban" venga hermana y escúcheme, "este es sólo el clamor desesperado de un personaje de una historia fantástica llena de un duende de culpas, y culpas y más culpas. Porque el libro está lleno de personajes, gentes de carne y hueso, todos fundidos en un tiempo, con sus alegrías sus dolores y sus temores y sus espec­tros, y sus memorias siempre temibles. Porque cuando a la tejedora de sueños le asalta la memoria propia, ya untada y unida a la memoria ajena, es capaz de internarse por las avalanchas de la infancia y descargar sobre sí y sobre nosotros la adherencia furiosa de todas las visiones que van desde las muñecas que abandonan las casas, pasando por los enanos perseguidos por una gigante de turbante negro en un sitio llamado Puerto Alegre, hasta llegar a un cuarto donde en "la medianoche los relámpagos desentierran a los muertos".

Al hecho demasiado importante de encontrarnos con un libro donde el retrato es un poema, un libro donde fluye una larga sucesión de cuentos sin trampas, en los cuales se ha dejado a un lado, gracias a Dios, el recurso del epigrama, está el hecho de que en ese libro está la historia menuda y escueta de los pueblos, de las aldeas, de los caseríos, de sus gentes y sus fantasmas con sus voces propias y sus visiones. En "el trueno fue una de mis tumbas", está el cuento, la mitología y la leyenda de una tierra larga y grande; y también está el sentimiento de los tiempos futuros, al acercarnos está la tejedora de sueños, a la presencia de "los profetas amablemente extraños en su locura. Mariela Arvelo nos dice: "verlos pasar por ese camino únicamente de ellos, es ser testigo de una iluminación que aclara lo que nunca comprende­remos".

El cuarto de los locos está lejos. . . reconocen la mañana del martes y del viernes por la forma como se mueve el sol, haciéndoles señales por como huele el día: "En la ciudad se lavan las aceras y las señoras van a misa", dice la autora. Entre tanto, los locos, los profetas, van pidiendo que les quiten las cadenas, pero claro, el cuarto está tan lejos, que nadie escucha sus pensamientos.

Este trueno hecho una tumba es un libro subversivo porque así lo quisieron los personajes, tanto los que forman parte del ancestro más lejano, como aquellos que han vagado, apenas advertidos, en el tiempo más cercano. También lo quiso así esa maravillosa fusión que Mariela Arvelo produce con la memoria y el descubrimiento y esa manera suya, tan valiente de involu­crarse en la totalidad de las historias que halló en los muros, en los corredores, en los rostros, en las voces, en las entrañas mismas de sus deseos, mientras permaneció (como permanece) en el patio, sentada bajo un sol que centellea su furia con sus colores terribles. Porque se trata, después de todo, del fantástico ejercicio de la reflexión que, en el caso de Mariela Arvelo, consiste en escuchar una historia, pensarla, recrearla y buscar una rendija por donde meterse e incrustarse en el corazón mismo de las historias. Entonces, las historias se hacen como más profundas y verdaderas porque el escritor, al involucrarse ha dejado la asepsia de las distancias para correr el riesgo de llegar incluso a corroerse si hay algún elemento de corrosión en la historia.

Este libro es subversivo porque dentro de él hay una lucha dura y permanente, que saca a relucir las espadas de los ángeles más puros y los diablos más intensos, el grito de todo lo pagano y el recogimiento de todo lo religioso, la afirmación y la negación, el diablo y Dios, la realidad y el espectro, la vida, la muerte y el suicidio.

Todo el Gólgota de Mariela es una fantástica afirmación de una búsqueda total que va, desde la necesidad de encontrar el paraíso, al sentimiento de una pasión revolucionaria con todo el martirio que ambos suponen, requieren necesitan.

Esa subversión, es la consecuencia de los descubrimientos vitales de la tejedora de sueños, del deambular solitario de los profetas y desde luego de la presencia poética y sólida de Pío Tamayo y Alfredo Arvelo Larriva a quienes Mariela revive con una pasión enternecedora y vigorosa porque los revive por la ruta del sufrimiento que ella, en su creación, hace suyo y padece.

Así he visto yo el libro de una mujer que redujo el tiempo, todo el tiempo, a diez y siete años. "Una muchacha" (como dice la autora) que había sido la niña de la tierra prometida y los profetas, conoce ahora a un hombre, un luchador social, que para ella será el amor. También la muerte".

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LO INHABITABLE NO EXISTE PARA EL SUEÑO

Por: Jesús Torres Rivero
Sección: Ronda de Críticos
Papel Literario de El Nacional, Caracas, 6 de junio, 1976

 

Entrar a caballo en un libro resulta ya inaudito. A galope tendido por ese prismático camino con mil soles, con mil árboles de luces, con cien lunas de amasijo, con cien flores de lunas, con cien fuentes de manos y de canciones elevadas, con cien aguas de puentes adormecidos, con infinitos niños en el juego perenne de muchos, muchos pájaros cantando dentro de la blusa de una muchacha diáfana y azul en cuyo pecho late su gato corazón.

 También yo fui hecho prisionero junto con el ejército. También logré evadirme tras la sábana blanca de la dama tirolesa. También me fui en espiral de humo a las regiones del sueño y de la infancia. También sentí sobre mi cabeza, bajo mis pies y dentro de mi pecho el vértigo de la belleza y de la imaginación. Se siente uno sacudido por lo reiterativo, lo eleva o lo sumerge en lo obsesivo del sueño, o de la realidad o de la narración, o de la poesía. Estas, por supuesto, no son definiciones, sino que pareciera, de pronto, que uno se hallara metido en un enigmático barco de juguete a merced de los elementos que el sortilegio de la palabra dispone.

 La autora, hechicera u oráculo en el gesto creador, nos coloca en el torbellino de esos colores con que ha visto la vida o la ha levantado, y ya no hay salida. Atónitos ante el espectáculo de caballeros en batalla, de musgos rutilantes, de pasiones de algas, de ojos submarinos que miran con amores de nácar, de aves de pedrería, de la casa en fuga, de cómo “El sol de los gitanos nace a la medianoche y enamora la brisa hasta las cinco de la tarde”, del encierro en la piedra azul de la abuela recordada, del recogimiento, o miedo, en una iglesia tupida de rezos y de rabias, de pedir amante “trae los cinco ríos para mi talle y el olivar para mi blusa y el pedazo grande de tierra anochecida para hacer un pañuelo”, el juego se hace interminable. Con la fluidez de quien puede trasmutarse en el azar alquímico por el amor y la poesía, o en posesión de un especial delirio vital,  puede morir y renacer a voluntad, cada relato asume un rito diferente. Ella se me ocurre la misma gitana de Escarlata, quien en propia mano lee su infancia y su futuro con un lenguaje despejado de lógicas proposiciones, en los linderos del sueño y la realidad, mientras baila al frenesí de las palabras como rasgueo de guitarras, como ritmo metálico de panderetas, como palmas resonantes en las sienes y en la sangre.

 Los Vitrales (1) deslumbran con un brillo exquisito. Pulimentados a buril, se le metieron los soles y las lunas y las llamaradas, distantes y cercanas, de los ojos, siempre anhelantes de Mariela Arvelo. La unidad de los relatos radica en su esplendor. Si pudiéramos volver a ver con los mismos recuerdos del patio de la casa, del árbol grande, o pequeño que guiaron aquellos viajes fabulosos, si tuviéramos nuevamente los tesoros que se nos quedaron en las estampas de los libros, o el mueble aquel (no recordamos si era escaparate, perchero, o ambas cosas juntas) y al que vimos castillo, palacio y cueva de Alí Babá, entre otras cosas. Si pudiéramos…

 Y danzan los recuerdos. La infancia se vuelca y salen en tropel todos los duendes. Ellos acaparan los mínimos rincones y disponen la vida, conducen a parajes terribles o de insospechada belleza, seducen y conmueven en su intemporalidad, truecan en nosotros, por un maniqueísmo onírico, la posibilidad de la certeza. Lo inconmensurable dispone a su antojo de nuestra alma de niño tanto tiempo escondida. Lo inhabitable no existe para el sueño y la imaginación: se puede ser ave vegetal o “ave turquesa de rojo corazón”, o vestido de algas o enamorada de un marino vikingo suspirar en un aposento de espumas, o ser árbol con ramas de caracoles para recoger el canto del universo, o te inventas un cuento para cuando quieras despedirte del mundo y disfrutar la muerte. ¡Resucitarás!

 OCI  Imprenta Nacional 1975. Prólogo de Vicente Gerbasi, Caracas.

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LOS VITRALES DE MARIELA

Por: Gloria Stolk
Sección: Aire Libre
El Nacional, Caracas, 14 de mayo, 1978

 Un domingo de esos perezosos en que nos invita más la fronda clara del jardín que los dudosos placeres de la calle, he sentido deseos de releer de nuevo esos mágicos Vitrales de Mariela Arvelo, de recorrer despaciosamente los meandros de su prosa lírica, poemas en prosa, podríamos muy bien llamarlos, donde una imaginación a brida suelta nos lleva por un mundo fantasmagórico, lleno de alegorías, que a ratos nos recuerdan vagamente las del famoso Lewis Carroll con su Alicia en el País de las Maravillas, y un cuento especialmente, el de la esmeralda que regalada a la niña por la abuelita “Desde un verde reflejo vi la pequeña puerta que se abría. Y yo me metí dentro de la esmeralda. Anoche soñé con un palacio que nació en el bosque. Llévame a él. Llegué al palacio, lo reconocí. Era el mismo palacio de pinos y eucaliptos. Las poltronas de seda bajo los mismos nísperos, las mismas trinitarias en las mismas vitrinas, las lámparas colgadas del mismo pedacito de cielo, los espejos reflejando las mismas mariposas. Y el mismo rey con la misma corona se acercó a recibirme.” Toda esta deliciosa composición de la fantasía donde la niña vive a hurtadillas su vida de ensueño, para regresar luego a la aburrida y juiciosa vida cotidiana, excusándose con mamá: “estaba en el solar contando las granadas, por eso me tardé”, nos hace pensar en “A  Través del Espejo” del mismo fabuloso cuentista británico, no porque haya influencia  voluntariamente absorbida de un autor a la otra, sino porque ambos han puesto sobre el papel imaginaciones y fantasías que todos hemos tenido en la infancia. La universalidad de Lewis Carroll estriba en ello, precisamente.

 Mariela Arvelo despliega una gracia extraordinaria doblada de un maduro talento en sus Vitrales multicolores, ya que le ha placido nombrar cada relato o poema – no sé como mejor llamarlos – con un color que simboliza la trama del episodio, ya cándido, ya dramático o sombrío. Uno de los que a mí más me gustan, el “Escarlata”, donde Mariela es más mujer y menos hada, nos relata sus amores desgraciados con un moro hecho de luna.

 “El sol de los gitanos nace a la medianoche y enamora la brisa hasta las cinco de la tarde. Por eso hay nada más que siete horas de sombra. Sombra brillante, iluminada.”

 “Me hicieron de fandango y bulería, bailo para el rocío y para la alegría y para las estrellas que son mis hermanas… Vino de la montaña bordada en pedrería. Llegó en la tierra azul que levantaba su caballo. Nació de la montaña y vino a mí: en línea recta vino de la esmeralda a mi carreta, de su sonrisa a mi esperanza. Su piel de bronce y menta estaba junto a mí… Hierba y sol me trajeron sus ojos. Baja, desmonta, leeré tus manos y leeré tus plantas. Ven conmigo, le dije. Entramos a mi carpa. Mi carpa de cristales opacos, ondulantes. Yo era de cristal y él de montaña”. Así sigue el romance delicado y fiero, y dan ganas de transcribirlo todo.

 Porque esta deliciosa, pequeña joya lírica que son los Vitrales de Mariela Arvelo, más que apretada exégesis, más que docta crítica literaria, pide a gritos, gritos de aire, gritos de humo, que se la lea, que se la goce, sumergiéndose en sus aguas transparentes, donde de pronto hay reflejos feroces, como el de la joven aprisionada en un cuadro, la mano sobre el pecho, que muere de vivir eternamente.

 “Púrpura” es un relato criollo donde surge entre fantasmas de una antigua casa de hacienda, en Humocaro, la sombra de los mantuanos piadosos y duros y el antiguo martirio de los esclavos. “Y vi a las esclavas con faldones blancos manchados de golpes, y les vi las blusas manchadas de miedo y de insulto y las vi rezando. El pelo tejido con odio, los dientes amarillos de odio, el rosario sacudiendo odios, las avemarías gimiendo los odios”.

 Son en realidad muy diversos los ámbitos por los que nos pasea Mariela. Ámbitos de nieve, donde la crueldad es fría y blanca; ámbitos marinos, tersos, glaucos, traidores: “Tal vez morí en el sueño. Sí, allí debo haber muerto”. El amado llega demasiado tarde. “Estuvo junto a mí. Estás muerta, me dijo suavemente. Yo nunca pude verlo. Él me cubrió con algas.

 Tierna y profunda, alegre, imaginativa, caprichosa, tremendamente obsesionada por la muerte, una muerte dulce, de nube y sueño, como ave amaestrada que viene cuando se la nombra y se posa sin esfuerzo. Así nos luce la joven escritora, vislumbrada a través de sus esplendorosos Vitrales.

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MARIELA ARVELO: TRUENO Y TERNURA

Por. Ida Gramcko
Sección: Cero a la derecha
El Nacional, Caracas,  Martes 22 de Enero de 1980
 

El hecho de tratar todo problema con agudeza, pero al mismo tiempo con ternura, puede convertirse en un conocimiento de lo conflictivo, y este conocer tal vez ofrezca una nueva posibilidad optimista. La ternura acarrea un celo y un cuidado. Y estos cabe que nos enseñen a dirigir nuestros dramáticos asuntos de tal modo que lo vital – el esfuerzo de vivir, la tarea tesonera de vivir – y a la vez una disciplina vital, superen lo problemático. En los escritores, la palabra, policroma o sonora, acude para suavizar el drama. Y suavizarlo no quiere decir anularlo con un arreglo rosa. Quiere decir incorporarlo a nuestro mundo interior con tal destreza de su contenido, que esta incorporación supone un cambio. 

Mariela Arvelo, poseedora y también hacedora de un hermoso lenguaje, podría ejemplarizar estas ideas. Siguiendo el hilo, poseer no es hacer, mas se puede hacer o actuar sobre lo que nos toca vivir. Y eso lo hace. Nos dice en Por tu signo de algas: “Fue como un latigazo entre cristales, como un temblor de orquídeas en el barro”. El barro se colora súbitamente con el peso blanco o malva de la orquídea. Y no pierde palpitación. La oscuridad dramática cede su intensidad a otro mundo: el de la enternecida, cadenciosa y coloreada palabra. Lo trágico conserva su escalofrío y su calambre en otras páginas. Mariela Arvelo expresa: “En el hueco de un barco. En un hueco que apesta a mugre y al sudor de la mugre. En un boquete oscuro donde no se ve el mar y ni siquiera se presiente. Con veinte negros de pie, arriba de mí, y veinte negros comprimidos debajo de mí, y veinte en cada tropezón de mi costado”. Si todo su idioma o su expresividad  se mantuviesen dentro de este clima negativo, oscuro, grisáceo, como carbonizado, su creación sería aquella que delata un desierto y pide ayuda, como el “Guernica” de Pablo Picasso, citando lo plástico. Pero la llamarada roja o amarilla irrumpe en lo que escribe y va aflorando en su lenguaje como vigilia tierna sobre lo vivido, sobre lo sufrido y lo mellado. 

El hombre parece tender a una noción exacta de lo que le acontece y esta noción, cuando se trata de un dolor, no consiste desde luego en un mero padecimiento del dolor, sino en una perspectiva sobre lo que sentimos y sobre aquello que nos cala. Una pena con mirada despaciosa, lenta, escrutadora, no es lo mismo que una pena sin más.

 El colorido brinda una diferente panorámica si se confiere a unas páginas una dolorosa experiencia o nostalgia.

 En Mariela Arvelo pueden estudiarse otras zonas: su imaginación y su inquietud por lo social y unánime. Lo imaginativo no busca en nuestra América aquello que la enluta y la macula. Trata de plasmar, y plasma un reino de helechos gigantescos nimbados por el polen, el aire que los mueve como una mano sobre los cabellos de un hada vestida con cocuyos y espumas del gran mar, un reino con duendes y enredaderas y animales mágicos, el reino del ensueño y la leyenda que pertenece a la realidad americana. América no se nos entrega en una descripción paisajística, sino como un ámbito especial donde se conjugan manotazos de brioso aguacero, lenguas azuladas de pétalos, mariposas enormes, con alas negras y de cielo, y yerbajos de tonalidades cambiantes. “Esta noche salieron las serpientes – escribe – yo las miro salir y me quedo mirándolas. Voy descalza. Descalza yo las sigo. Ellas saben que las estoy siguiendo y para qué las sigo. Toco la flauta y ellas se detienen. Me adorno las orejas con fibras y con flores grandes. Me enredo el brazo en bejucos rosados…” Estos bejucos conceden una matización de flor de begonia con aurora a lo que nos cuentan. Es una rosa circense, olorosa a intimidad, a seda desgastada y a talco. Y ello en mitad del boscaje. Un súbito tinte femenino es colocado entre las floraciones esdrújulas y las largas serpientes reptantes.

 Lo social aparece cuando se habla sobre los esclavos, y ello es constante. Pero todo transcurre dentro de una selva milagrera y cada llaga de cada piel penumbrosa es aligerada por esta selva llena de tornasoles, de pumas y turpiales. Lo brutal irrumpe en el planteamiento lírico de los seres errantes u olvidados. “Después que tú te fuiste, me metí en las ruinas del templo. Éramos nada más que yo y mis hijos y las ratas de morder a mis hijos, y el grito en medianoche”. “Parezco la Llorona, y grito igual que la Llorona en medianoche, cuando las ratas le van quitando uno por uno los dedos a mis hijos”. La hornera, curvada por el hambre y los años, vive junto al río. “En la mañana, siempre, una vez cada año, el hombre de la hornera trae el recado. Que ella no vino porque le nació otro hijo desgraciado y que ella lo metió en una cesta y dejó que lo llevara el río…”

 Lo selvático, en su frondosidad, no es un recurso de Mariela Arvelo. Es algo más sutil. Expresar la dorada o leonada o encarnada o sonrosada propiedad de la selva, se vuelve una especie de bálsamo, una suerte de comprensión de lo áspero, un nimbo con qué examinarlo y no agrandarlo, una curiosa veladura que no oculta pero sí envuelve y proporciona otro modo de entender y hasta traspasar el drama.

 El poeta Ben Belitt nos dice: “Cómo me socorre una flor”. En el penar, en el sufrimiento, algún contorno del llano o del monte, de la nieve o de la cascada, aparecen como enmendaduras posibles de lo trágico. Dar expresivamente América en lo sombrío, no es atesorarla o atinarla del todo. América es una dimensión llena de araguaneyes como antorchas rodeando un crepúsculo de lila y de azul como si fuera un ópalo. Y esta atmósfera la otorga Mariela Arvelo. Nos dice: “¡Qué se callen los truenos que aprenden a ser truenos!” Nos lo dice en todo ese ambiente de telaraña y ámbar de El Trueno fue una de mis Tumbas.

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¿HA LEÍDO USTED?

Por: Pascual Venegas Filardo
El Universal, Lunes 25 de febrero de 1980

 

Mariela Arvelo. El Trueno fue una de mis Tumbas. 178 p. Colección Donaire. Monte Ávila Editores, Caracas, 1979

 

Existen momentos ante ciertos textos que no llegamos a saber con exactitud si nos hallamos ante la creación de un poeta o la de un narrador. Poesía y prosa narrativa se entrelazan tan estrechamente que tendríamos necesariamente que decir, que aquí, el poeta y la obra de prosa de ficción marchan tan estrechamente unidos que se confunden. Tal es el caso de Mariela Arvelo en El Tueno fue una de mis Tumbas. En verdad hoy es frecuente esta dualidad creadora en virtud de la evolución del lenguaje literario, de las nuevas matizaciones estilísticas. Este nuevo libro de Mariela Arvelo está integrado por textos evocativos, pero envueltos en una multiplicidad de expresiones metafóricas, que por momentos es como si nos halláramos ante un mundo de extraordinarias alucinaciones, pero con la característica que lo que ella va expresando lo sentimos como real, en un todo tangible. Y todo se nos da, en un lenguaje que nos va creando un universo en el cual nos vamos sumergiendo hasta quedarnos rodeados de un colorido ámbito de fantasía. 

Habla y evoca Mariela Arvelo. Narra y mira a la distancia, mira hacia ese calidoscopio de sensible trama cromática que nos coloca ante todas esas cosas que le fueron y le son familiares y con las cuales, insensiblemente, nos identifica. Caraqueña de nacimiento, hay en el espíritu de Mariela Arvelo una fibra que se alarga y se va a través de Venezuela y se detiene allí desde donde Enriqueta Arvelo Larriva nos escribiera un día para hablarnos de esas tierras que no son ya la llanura plena pero tampoco la montaña, ya que allí ya se perciben “orillitas de cerros”. De esos llanos era Alberto Arvelo y de allí también era Alfredo, una familia de poetas de dinastía. ¿Quién, sin haber nacido en esas tierras, no conoce el trueno, “el trueno entre las hojas” de Rosa Bastos o simplemente el trueno remoto o el trueno desatado de la tempestad llanera?  Fue él una de las tumbas espirituales de Mariela. No tal vez éste de su libro que mira hacia la infancia y hacia la fantasía, pero que define a un poeta sumergido en una prosa de arco iris. 

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BÁLSAMO, CRISTAL, YURUMA

Por: Ida Gramcko
Sección: Cero a la derecha
El Nacional, domingo 1º de marzo, 1981

 

Lo que denominamos folklore encierra vetas líricas. Recuerdo mi alegría cuando descubrí la leyenda de Belén Silvera – transmitida a obra de teatro – y también la del Catey, el duende travieso y la de su mujer, figura cubista: una pierna, un brazo, un seno, media cara que también aparecen en mi esfuerzo teatral. Además de su enjundiosa y deliciosa lectura, Humboldt me aportó el mito de las Amazonas que volqué en “Juan sin Miedo”. No se trata de hacer biografías. Tan sólo quiero dar constancia que a medida que se ofrecían historias legendarias a mis ojos y a mi corazón, fui haciendo selección de sus gracias y las deposité en lo escrito. Pero lo importante no es ya solamente la leyenda en sí misma, sino lo que el autor puede hacer con ella. Nos sentimos poseedores de un amplio filón que, según el horizonte individual, otorga muchos prismas. La dama y el oso, por ejemplo, leyenda andina, puede volverse diálogo o novela, sin querer decir con ello que se expresen en teatro o novela convencionalistas. Recordemos a Pushkin y la tarea que llevó a cabo con las leyendas de su tierra, brindándoles su aliento personal. Todavía en el día de cumpleaños de Pushkin, los niños acuden a visitar sus estatuas con ramos de flores y hasta golosinas. Y no olvidemos a Antonio Machado cuando dijo que tuviéramos siempre presente el cuento. Lo popular es una mina donde el poeta cabe que escoja una veta muy ancha de la que es posible elaborar toda una alhaja nítida. Sin perder el origen o la idea inicial, pero labrando, no una elaboración a posteriori, sino una obra de arte simultánea al recurso rezumante del mito.

 Todo esto lo digo ante un libro, el último de Mariela Arvelo: Akaida. La autora ha estudiado a fondo la mitología guarao, conoce muchas palabras suyas, y estuvo viviendo largas horas en el territorio en que se pergeñaron esos cantos oscuros, melancólicos, y en donde se forjaron esos dioses llenos de sol y luna, con guayucos de paja o maíz, en un clima silvestre, soleado y amarillo.

 Me agradó mucho encontrar de nuevo a Mokototo en sus páginas. Mokototo fue sorpresa mía en un libro guarao y lo he dado en clases universitarias. El Mokototo de Mariela Arvelo tiene otro duende y sin mujer. Mas hagamos lo posible por adentrarnos en el libro.

 Lo primero que surge cuando leemos Akaida es una curiosa sensación: la de que vivimos momentos muy remotos, cruzados por guerreros y doncellas, ambientes seculares con sonido de túnicas ligeras, flores reverberantes, hojas de árboles en donde se consuman, no sólo trinos, sino sacrificios. Un clima salvaje y a la vez tutelar, pues Mariela Arvelo se adentró en el mundo mitológico, dejando fluir su imaginación que modela escenarios lejanos, provistos de serpientes anilladas, de mantecas, resinas y orquídeas. La imaginación es un precioso artífice. El libro desprende antigüedad. Nada es escueto allí. Todo se cobija con lo imaginativo y el ahínco memorioso. Pareciera que un aguijón afectivo punzó regiones olvidadas y una vasta memoria personal, de cosas, siluetas y escenas irrumpe en su beoda fragancia y en su vibrante colorido. A esta memoria que se actualiza y se revive, se une un calor presente, el de la sensibilidad de Mariela Arvelo cuando palpita junto a lo humano y lo sensible. Y todo ello enlazado a la ya señalada dinámica imaginativa. Sentimiento, recuerdo rescatado  y fantasía trabajada sobre la vida elemental, briosa, soñadora, del indio, permiten párrafos en donde se ensartan, como en un hilo de Las Mil y una Noches, bálsamos, perlas, frutas, especias, guijarros, insectos rojos, baratijas. Nos dice: “Y fui tirando al río olores agrios de cebolla y de malas espinas, y puñados de ajo muy bien desmenuzados, y migajas de bestias malolientes”. Y continúa: “Tragaba las jatabu, una a una se las iba tragando, cordeles, semilleros, cera de mala virgen, caracoles, tenazas, pedazos de cristal, puñados de cabellos, intestinos de bestias, piel de venado, plumas, mandíbulas de cuaima”. Y prosigue: “Sacó dientes de lobo, y unas escamas milenarias, y restos de un naufragio, y un comienzo de roca en el pleno proceso de su gestación”. Todo es sacado del propio pecho femenino. Produce la impresión, leyendo estos fragmentos, de que una realidad, no sólo distante sino también alimentada por la savia duendística va exponiendo, ante los ojos que pesquisan por un hada, una bruja o un gnomo tropical, va exponiendo, repito, una especie de sarta colosal y chispeante, y un tumulto de sedas, plantas con zumo suelto, aves violentas y mercaderías. Sigue esto que podríamos llamar aureola o pátina del libro, su gracejo fantasioso y su rememoranza cuando dice: “Dentro de ellos estaban los animales mansos y los infinitos, los insectos que hieren de mortaja, las bestias que hacen voces entre las zanjas mudas y los peces trigueños, desafiantes, que algunas madrugadas amanecen de vuelo”. Pero su actualidad, su emoción de hoy, a veces dramática, ante los objetos y las vidas se nos perfila al expresar: “No supe de señales que te hacían distinto, ni de un final establecido”. Creyó, acaso, en la perenne felicidad o en la permanente sonrisa. No contó con que la existencia no es mágica y arrebata las encontradas cercanías. No, no sabía de un final establecido. Confiaba en la continuidad. Tal vez entonces dijo como dice: “Que permitieran que yo fuera libre de desventurarme”.

 A veces, un tinte épico impregna el libro. Y el amor, muchas veces, por la unión de lo vegetal y lo humano, se convierte en color, en cromático fenómeno, sin perder lirismo.

 “Y fuimos al amor como dos dioses perseguidos, acosados de sed, porque habíamos nacido de flechas encontradas de un mismo sortilegio”. Pues antes: “Duendes y madreselvas fueron los únicos testigos”.

 Quizás Mariela Arvelo, como todo poeta o escritor, percibe que genera un nuevo mundo al expresarse. Y con él un lenguaje. Pues nada es, como en el Génesis, hasta ser dicho. “Elevé nombres nuevos para decir las cosas”. Así, refiriéndose al poeta lo ha anunciado un gran filósofo, y lo ha indicado Rilke.

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AKAIDA

Por: Ramón Hernández
Sección: Libros
El Nacional, Caracas, sábado 21 de febrero, 1981
 

Akaida es novela y es viento. Es escritura de Mariela Arvelo resucitada entre los guaraos. Es una flecha luminosa que se estrella contra las cabrillas y se queda lela, rezumando poesía.

 Un desparramarse en la gratitud de cada palabra, saboreándolas, exprimiéndolas, sin que el alma se quede empalagada por tanto decir. Es encontrarse una piedra con vida y no poder estamparle un beso.

 Mariela Arvelo reinventa historias y reivindica palabras que el conquistador quiso borrar a fuego de arcabuz: serán dolor de cabeza de los académicos formalistas. Ella las aplica y explica sin que uno se dé cuenta; terminan siendo tan de uno como de ella.

 Akaida es una novela sobre los indios guaraos y fue publicada por la Gobernación del Territorio Federal Delta Amacuro. Es una pequeña joya. Un universo completo. Unos ojos que acarician la oscuridad de un mundo por verse, por encontrar. Mitología cotidiana del guarao.

 Es denuncia también. Es lucha contra el exterminio, contra la civilización  que quiere acabar con la barbarie, siendo en verdad más bárbara; que quiere hacer monigotes a fuerza de trapos, porque le tiene miedo a la desnudez; que quiere ignorar una historia por la tenue desventaja de no estar escrita pero que se enriquece cada vez que cambia de voz.

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ÁGUILA Y FUEGO

Por: Ida Gramcko
Sección: Cero a la derecha
El Nacional, Caracas domingo 7 de febrero de 1982
 

El mito es narración fabulosa. Escueta narración de un suceso extraordinario. Su lenguaje no le corresponde en originalidad. Hay un hecho singular, deslumbrante, y sencillamente se cuenta. Pero cuando los mitos están en manos de un creador, no solamente se describen los sucesos extraños o quiméricos, pues entra en acción la imaginación de quien los cuenta. El hacedor conjuga al legado una suerte de clima sensible, soñante, que es la consecuencia de su propio don fantaseador. 

Mariela Arvelo sabe de esto. Ha sido una buscadora tenaz del oro legendario. Una sola pero ardua pesquisa se propuso: penetrar en el mundo del anónimo soñador, aquilatar la herencia del antiguo hablante de la tierra casi solemne por lo profunda y densamente selvática. Cruzó riachuelos, bosquecillos, saltó sobre peñascos  y gigantescos hongos, y el río, como un reflejo del ensueño indígena, le señaló horizontes en los que el pájaro y la flor poseían belleza excepcional, cual si hubiesen brotado de una primavera agudísima como febriles y fosforescentes espantajos. Y ello no fue suficiente. Hubo que estudiar el idioma, los ritos, la premonición y el ademán, el conjuro y la voz, la ceremonia oscura, empapada de sangre y de miel y el curioso cascabeleo de la palabra. Dedica su nuevo libro Orasimi, bellísima edición de Fundarte, a los diez mil poetas yanoama “del Orinoco a Dios”. Ya que hablamos de dioses, recordemos que el mito es constante recinto de deidades. 

El politeísmo yanoama, todo su copioso caudal de mágicas siluetas, ensarta sus hechos, sus heroísmos y sus hecatombes en el relato de Mariela Arvelo, que no es precisamente relato sino especie de cuento antiguo o ancestral en el que ella ha depositado, no sólo el suceder popular, sino su acento popular innato. En cada acontecimiento, impregnado, empapado de magia, y de sudor ceremonial, ella ha colocado algo suyo. Así, en mitad de un jugoso ritual, jugoso por resina o por sangre, coloca un temblor suyo, una pertenencia interna palpitante. El libro conjuga lo memorioso con lo individual y está empeñado en reconciliar el perfil propio y singular  con la fisonomía colectiva, la intimidad con ímpetus y prestancias grupales. Una de las maneras, en el libro, de hacer sentir lo individual, lo que es de su isla y no del gran océano, consiste en utilizar lo tembloroso, lo que sucede en propia piel. Mariela Arvelo emplea el movimiento como un medio para testimoniar su individualidad. “Y recorrí miles de árboles para encontrar alguna algarabía, propia de niños, algún panal de miel, algunos nidos estremecidos de tormenta”.

 También nos dice: “Yo me llené de espinas, de horquetas que se hincaban, de rocas martillantes”. Y además: “Todos en un temblor, golpeando sombras en los pechos”. Lo que pende, lo que se tambalea, como un racimo húmedo, lo estremecido, hincado, martillado, lo que golpea y deja una reacción bamboleante, señala ciertamente una respuesta sólo suya bajo el estímulo dudoso, anubarrado de lo natural. Recordemos, sin embargo que lo mítico nos dona el rasgo a la figura arquetipal. No sin razón, en Mokototo, la guarao, se dibuja la estatua remota del maestro Pigmalión. Acaso Marte, el dios de la guerra se repite o reanuda en “Waiteri”, donde Mariela Arvelo expresa: “ Ibas hacia la guerra y tuve miedo de mirarte ir. Ibas teñido de carbones, tiznado de candela, rugiente la mirada y las manos. En la poesía precolombina, en un canto de guerreros leemos “El jefe en el templo del gusano vistió traje de águila”. Ares, el mismo Marte, lleva casco sobre su espléndida cabellera y se arma con el escudo y con la lanza. Carbones y candela pintan y tiznan al guerrero nuestro, y su vestidura es diferente, desde luego, a la de los otros dos héroes. Pero vestir, para el guerrero y para el principio es importante. Mariela Arvelo toma del venero popular, pero lo asume. “Rashawe – dice- esquiva ríos envenenados, esquiva asaltos y trampas ponzoñosas, esquiva espuelas y colmillos igual que Ariamoriwe, vuela como los pájaros, sumérgete en el cofre de los peces…” El sello interior se une a la reverberante mitología popular. Y la ninfa, la náyade lejana, que es ninfa de los ríos y que alguna vez fue la ondina, y que en sus comienzos pisó el suelo del Leteo, y consoló a los muertos con un cristal de canto, se devuelve, ligera, del pretérito y ahora es “la muchacha de las aguas”, ahora tiene “la piel del arco iris”, Hokoto-Yoma, con su “cabello tan azulverdeado y sus ojos tan firmes hacia una misma luz” era “causa de muertes sin causa conocida, allá en el corazón de la laguna”. Igual que las sirenas detenían al viajero con sus voces de raro riachuelo y luego lo mataban, así la ninfa nuestra, la “escurridiza mujer- pez”, no se entrega. Y cuando logran asirla mutila con peces dentados escondidos en su cuerpo flexible y acuático. Hokoto-Yoma ama sólo a Irawame. Pero esta muchacha transparente, casi tenue en su vida fluvial, sirve de apoyadura a la voz de la autora que no se niega personalidad ante la populosa riqueza mitológica. Porque la doncella que es pez, “se desenvuelve sola, en pleno corazón de los espejos”, y vibra en una nueva perspectiva a través de la imagen actual.

 Comparto con Mariela Arvelo esta atracción continua por la expresión que surge sin persona y sin nombre, por la obra de todos, por la obra que podríamos denominar juglaresca, obra de la inventiva general. A un autor ningún terreno debe estarle vedado. Lo épico es un campo inexplorado y rico para todo hacedor que se proponga nuevos planteamientos y trabajos, porque no se trata de diluirse sino de rescatar una rodaja mítica, una lonja gnómica o duendística para convertirla en áureo ámbito. Un filón enjundioso, una zona cargada de luz o un espacio atrayente por su policromía son, para todo poeta perceptivo, los cantos de gestas y las sagas. 

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ORASIMI

Sección: Vale para la semana
Revista Vale, Caracas, Madrid, 11 de marzo, 1983
Año 1 No 13

 

Existen dos Marielas. La primera, Licenciada en Letras, que pasó por la Universidad Central de Venezuela con el intercambio de la luz, con el temor de que se acabaran las lluvias, que viniesen a buscarla los jaguares negros. La otra, un Yanoama que se abre al sol y se Orasimi.

 Para su nocturno que es esta joya de la literatura latinoamericana, habría que hacer un inventario con tizones y colocar su canto y el embarazo de la lluvia al lado de los inquietantes susurros de los imposibles, habría que hacer un trueque entre esas dos aldeas que es Mariela Arvelo y violentando y haciéndole sacrificio por cien lunas, esperar su regreso desde el racimo de las garzas. Herirse en el ritual de unturas y curare, perseguir el grito y contar desde la ensoñación del yopo como Mariela, como Orasimi, en su propia selva azul.  

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CONTACTO CON LOS YANOAMAS

Por: Juana de Ávila
Revista Elite, Caracas, 6 de marzo, 1984
 Orasimi, por Mariela Arvelo. Ediciones Fundarte, Premio Municipal 1982, Caracas.

 

Orasimi es la mujer indígena de la tribu yanomami que habita en el Alto Orinoco. Pero Orasimi es también Mariela Arvelo que busca tesoneramente una de nuestras tres grandes raíces venezolanas, en esa pasión indigenista que la lleva a correr muy extrañas aventuras para saber sus cuentos, escuchar sus relatos y penetrar sus mitos. De todo ese escuchar, intuir y adivinar sale este libro que hace sentirnos en un contacto dulce con los indios yanomami y sentirnos hermanos de esa Orasimi cuyas preocupaciones y ansiedades podemos compartir a través de Mariela.

 Y cuando digo dulce es porque la autora no se coloca en plan de antropóloga, ni mucho menos de predicadora, sencillamente quiere comprenderlos, amarlos como son y transmitirnos ese sentimiento. Las cifras, las estadísticas y ese eterno debate de los antropólogos acerca de las tribus que viven una vida primitiva en un mundo que les ofrece ya muy poco espacio para ir viviendo a su propio ritmo, Mariela Arvelo se los deja a otros.

 Ella no ha ido allí a juzgar ni a decidir. Se niega a hacerlo. Ha ido a ver, a comprender y tal vez a aprender. Pero lo ha hecho con una gran ternura para no quebrar ramas, ni dejar ningún rastro sangriento de su paso por ese mundo tan distinto del nuestro. No ha ido a conquistar ni a convencer, solamente a entender. Y eso nos lo transmite a través de este libro tan hermoso y tan suyo. Tal vez, ese secreto de la aceptación a través de la ternura, ya lo hayamos perdido los civilizados de hoy. Por eso es bueno que gente como Mariela nos lo recuerden algunas veces. Gracias, Mariela, por tu hermoso libro.   

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LA NUEVA POESÍA AFRICANA

Por: Juana de Ávila.
Revista Elite, Caracas, 28 de febrero, 1984

 

La Canción de Lawino,  por Okot p’Bitek. Introducción y versión al castellano de Mariela Arvelo. Ediciones Actual. Extensión Cultural de la Universidad de Los Andes, Mérida, 1983

 Mariela Arvelo es narradora y poetisa, pero además le gusta investigar en culturas extrañas a la suya. Tiene publicados algunos libros sobre la cultura indígena venezolana, por lo cual este libro, escrito por un poeta africano, en Uganda, nación de la que por este lado del mundo sabemos bien poco y que prácticamente está comenzando a recoger su propia tradición, casi toda oral, para darle al país y al africano en general el orgullo de tener su propia historia;  tenía que llamar inevitablemente la atención de nuestra Mariela Arvelo.

 En el prólogo, ella nos cuenta cómo se tropezó con el poeta a través del poema, el problema de éste y otros escritores africanos que para ser conocidos en el mundo, deben escribir en alguna lengua universal – en este caso el inglés – aunque al tratarse del lenguaje de los colonizadores, la cosa no les haga mucha gracia. Mariela, que no sabe acholi, el lenguaje del poeta africano, pero que sí sabe sin duda reconocer la poesía en cualquier idioma, lo leyó en inglés y desde allí partió su interés por traducirlo al castellano.

 Afortunadamente para el lector, Mariela Arvelo no se limita a traducir simplemente el poema, sino que lo prologa, lo analiza y lo explica, dándonos una idea bastante aproximada y por ello importante de lo que son en África – o al menos en una parte de ella – las actividades de los escritores y poetas netamente africanos, después de su liberación del colonialismo – en este caso inglés – que fue borrando de ellos hasta la memoria de lo que una vez habían sido, para darles valores y costumbres a las que nunca lograron adaptarse totalmente.

 Creo que el poema, con todo lo interesante que es (se trata de la historia de una mujer perteneciente a un determinado clan, quien reprende a su marido por haberse plegado demasiado a las costumbres extranjeras que ella ni comprende ni aprueba) basado en la clase de canciones que interpretaba la madre del poeta y las mujeres de su clan, es mucho más que eso, un simple poema recogido de la tradición oral de un pueblo subyugado. En el hecho de escribirlo y aún de traducirlo a lengua inglesa, el poeta buscó algo más que hacer poesía. Me refiero a despertar el orgullo de los suyos y posiblemente a crear un nuevo movimiento literario entre los escritores africanos, que, dejando de lado la poesía y la literatura europea, buscan en su propia raíz esa creación de mundo nuevo y negro que les corresponde por derecho.

 Es esto lo que seguramente vio Mariela Arvelo y es esto lo más importante de su traducción – por otra parte muy bien realizada – que nos pone en contacto con las aspiraciones y esperanzas de un continente que comienza a despertar, en medio de muchas convulsiones, muchas de ellas propias y otras ajenas que les han sido impuestas  por un largo coloniaje. Un importante trabajo de Mariela Arvelo.

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La Canción de Lawino: Grito Rebelde de África.

Por: Esteban Emilio Mosonyi
Papel literario de El Nacional, Caracas, 15 de enero, 1984

 

I kare ca Ocol pud dano…

En esos días en que Ocol era todavía una persona…

 Esta línea forma parte de la primera versión en lengua Acholi de La Canción de Lawino, extenso poema africano, bellamente vertido al castellano por Mariela Arvelo, bien conocida entre nosotros por su dedicación a la literatura indigenista. En efecto, no hay solución de continuidad entre la temática aborigen americana y la africana: Son dos pilares de nuestra identidad nacional, y los problemas de colonialismo y represión de los valores culturales tradicionales son comunes a las poblaciones nativas de ambos continentes. 

En una época en que gran parte de la producción poética se caracteriza por su extrema afectación, snobismo, rebuscamiento y carencia de perspectivas; cuando la mayoría de nuestros literatos se encapillan en un autismo que ya no sólo incomunica sino que deja de transmitir, es satisfactorio y refrescante tropezarnos con obras de esta naturaleza. Sentimos de nuevo la pertenencia de la palabra, el aliento de la realidad, la creación sustantiva ajena a toda verborrea fugaz.

 Este es un poema de gestación dolorosa como el destino del pueblo que lo engendró, como la vida del poeta que le dio consistencia. Okot p’Bitek – el autor recientemente fallecido – fue un prototipo del intelectual africano desgarrado por el choque cultural y las cruentas luchas políticas y sociales. Nunca pudo conciliar su formación universitaria británica de antropólogo social con su condición primordial de miembro practicante de una cultura africana amenazada. Además, sus convicciones socialistas lo enfrentaban inexorablemente con los regímenes despóticos de su Uganda natal.

 La Canción de Lawino refleja igualmente el tremendo problema lingüístico por el que atraviesa África. El poema fue elaborado en tres versiones sucesivas por el mismo autor: La inicial – muy sintética – en lengua acholi; la segunda – más amplia – en ese mismo idioma, y la tercera que es una traducción casi literal de la versión anterior a una especie de inglés africanizado. Por más que el inglés sea la lengua del colonizador, y culturalmente inapropiada, su utilización por el autor-traductor se vuelve ineludible para entablar un atisbo de comunicación con toda la nación ugandesa y el resto del territorio africano. El acholi es un pueblo nilótico, cuya lengua sudanesa solo es entendida por los miembros de esa etnia relativamente pequeña. El swahili – lengua bantú- se habla extensamente en Uganda, pero no con la fuerza que tiene en Kenya y Tanzania, donde logra sustituir en cierta forma el lenguaje del colono, sirviendo a la vez de puente entre las distintas lenguas africanas. Ese complejo problema tiene arreglo sin necesidad de que ninguna de las lenguas y tradiciones literarias desaparezca; pero las contradicciones lingüísticas seguirán en pie, hasta tanto se implanten  soluciones que por ahora lucen muy remotas.

 Es el “Song of Lawino” – versión inglesa – cuya traducción libre al español estamos comentando en este breve ensayo. No hay duda de que se han perdido en el camino muchos elementos, ideas, relaciones y valores claramente plasmados en el original; pero también es cierto que la versión española es en sí misma un poema digno de los mejores elogios, repleto de sabiduría, dignidad, fuerza y elocución, ante todo en sus capítulos centrales.

 Como han dicho otros comentaristas, la progresión temática del poema va de lo concreto a lo abstracto, para ofrecer al final una síntesis muy peculiar dirigida por la protagonista Lawino a su esposo Ochol, en que esta orgullosa y despreciada mujer africana – guardiana celosa de todas las costumbres y tradiciones – insiste en la necesidad de que su marido – aculturado, europeizado, avergonzado de su etnia – recobre su autenticidad perdida.

 Uno de los primeros capítulos está dedicado a Clementina, una africana occidentalizada, la mujer con quien Lawino tiene que compartir su marido: “La bella aspira/ a ser como una blanca/ sus labios incandescentes/ el carbón encendido/ como el pato salvaje/ que se baña con sangre los labios/ su boca es una llaga/ una úlcera abierta/ como la boca de un demonio”.

 Y sigue con sus invectivas en que se entremezclan la rabia y la compasión. Más adelante hace comparaciones entre la comida africana y la europea, entre el baile nativo y el importado. Sus opiniones son de verdad intransigentes: Siempre sale ganando lo propio frente a lo ajeno. Hasta en las deficiencias expresas de su cultura encuentra belleza y motivo de felicidad. Pero tal actitud agresiva obedece al desprecio infamante con que la trata su “ilustrado” esposo, quien la considera estúpida, anticuada, campesina, primitiva e incapacitada aún para hacer las preguntas apropiadas que pudieran despejar su ignorancia.

 Por otro lado Lawino está clara en que la conducta de su marido obedece a todo un proceso de invasión cultural, donde la responsabilidad de las misiones religiosas reviste extrema gravedad: “Las cosas que gritaban/ no las comprendo /gritan de cualquier forma/ gritan como dementes/ el padre grita asuntos/ que no puedo entender”… “Pero cada maestro de religión/ detesta las preguntas/ no hace el intento/ de enderezar el árbol joven/ cuando crece torcido/ no sé si lo hacen a propósito/ o es que ellos mismos/ no tienen las respuestas”.

 Es increíblemente curiosa la forma como los acholi reinterpretan una oración cristiana muy conocida: “María la Mujer Limpia/ Madre del Jorobado/ ruega por nosotros/ que estropeamos la vida/ llena eres de gracias.

 La traductora agotó todas las fuentes documentales para dar con el sentido del término “Jorobado”que ellos usan libremente para referirse a Cristo. Se trata, en resumen, de una supuesta analogía entre la divinidad lúo Rubanga – espíritu adverso que causa la joroba de la espalda – y el Dios cristiano. El misterio se descifra por el análisis semántico. Cuando unos misioneros comenzaron a predicar en la religión, no  encontraron un vocablo que significase exactamente “crear”. Entonces echaron mano del verbo “moldear”, el cual, a su vez, apunta hacia ideas totalmente negativas, ya que el niño normal no hay por qué “moldearlo”. Sólo Rubanga moldea a sus víctimas.

 Los pasajes que Lawino consagra a la cultura nativa son de una riqueza desbordante. Veamos un trozo donde se resume su concepción del tiempo: “Un joven perezoso es reprochado/ la esposa perezosa  es despedida/ el hombre perezoso es despreciado/ no porque ellos malgastan/ el valioso tiempo/ sino porque destruyen/ en vez de producir”.

 Es extrañamente conmovedor el lamento de una doncella, a punto de caer muerta por la mordedura de una serpiente, la mamba negra: “Y permanece allí/ fingiendo a la muerte/ sus dos senos maduros/ levantan las manos/ y se lamentan en voz alta/ diciendo: /Ninguna boca va a mamarnos/ ¡Nuestros pezones/ no van a ser acariciados/ y nuestra leche/ se pudrirá en la tierra!”.

 O cuando se refiere a los conocimientos acumulados por su pueblo: “Es verdad que las curas que practican los blancos/ son poderosas/ pero nuestros remedios/ nuestras curas acholi/ también son poderosas”.

 Sería inacabable extendernos en un estudio párrafo por párrafo de la Canción de Lawino. Además, no hay nada comparable a una lectura a fondo, a una inmersión atenta y desprejuiciada en la trama de esta creación esencialmente colectiva, aunque trans- substanciada por el hálito renovador de un poeta con cualidades excepcionales. Estamos frente a un testimonio de valor muy especial que da cuenta de la dignidad de las culturas africanas, del impecable razonar de sus gentes ante el falso racionalismo del prepotente mundo industrializado, absolutamente despectivo hacia las culturas del Tercer Mundo, hacia lo diferente como tal.

 Nuestro poema se construye en reafirmación cada vez más valedera de la supremación de lo humano auténtico.

 “Escucha, esposo mío,/ eres hijo de un jefe,/ la calabaza de la vieja heredad/ no debe ser arrancada de raíz”.

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SEIS VASIJAS CON SAVIA

Por: Ida Gramcko
El Nacional, Caracas, 16 de agosto, 1987

 

Cuando se lee un libro lleno de asalto a lo numinoso, de búsqueda de lo mágico, meditamos sobre el acto creador o la creación lírica. Y pensamos entonces que lo creador deviene, no de una argumentación conceptual, sino de lo que de volición querenciosa hay en la vida. Es el “hágase la luz” del génesis, una determinación vital antes que un programa racional. Es un acto de fundación, anterior al pensamiento. Un libro que abre las puertas para calibrar todo esto es Irena de Mariela Arvelo (Editorial Vitrales, Colección Magenta). Si en la danza, el danzarín no era símbolo, sino parte integrante del dios, Mariela Arvelo nos dice ahora: “Por eso no hay altares de honrar ocultos símbolos. Los indios de la sierra hemos sido por siempre nuestros únicos dioses”. Cassirer habla de  lo mismo, del creador primitivo constituido en aspecto del Dios  en Filosofía de las formas simbólicas, y Octavio Paz en El arco y la lira. Hay fragmentos filosóficos que se recuerdan cuando se plantea de nuevo el problema de lo elaborado racionalmente y la autodecisión. Jean-Paul Sartre en un coloquio de la UNESCO sobre Kierkegaard expresó que “así, la verdad subjetiva existe. No es saber, sino auto determinación; no se le definirá como la señal interna de una adecuación, ni como la indisoluble unidad de un sistema. La verdad – dice Kierkegaard – es el acto de la libertad. Yo no podría ser mi propia verdad, aunque sus premisas estén dadas en mí de antemano: desvelarla es producirla  o producirme como yo soy, ser para mí aquello que tengo que ser”. No hay pues ningún antecedente intelectual que pueda servir de sustento al acto de fundar o de hacer, como con el arte, nueva y distinta vida. Lo que se conoce no lo niega la vida; al contrario, la respuesta ante el territorio casi neutral  que nos rodea es vida. “Lo sabido no es negado de una manera inmediata por lo vivido” apunta Sartre en su ensayo. Todo hacedor verdadero, creo yo, debe hallarse ante esta proposición voluntaria mucho antes que ante sus juicios. Es el deseo desbordante de construir una obra y de no suponer que hay que formular esquemas racionalistas para su fundación. 

Mariela Arvelo se dio a la tarea, en su relato lírico, de colocar ante nosotros un mundo diferente al usual, una morada de la certidumbre y de la síntesis que ha sido trabajada pero sin poseer el menor asomo de retórica o de sofisticación. Es un libro de prosa cantante y sonante, y al que es imprescindible unir, atravesando el tiempo, a una suerte de narración oral que estaba en labios de criaturas lejanas, de otros siglos. Nos están contando una historia fantástica, muy real, porque lo real a menudo se topa con la imaginación más rica. Mariela Arvelo, en una carta al comienzo del libro, explica: “La solución me la dio la misma protagonista. Y es que existen dentro de la mitología Barí unos seres sobrenaturales, llamados Basunchimba que son los muertos, y a  los cuales pertenece Irena, narradora de la historia. Irena Basunchimba tuvo una vida que le duró quince años y ahora está muerta. Se mantiene en el cielo de Kogdá- Sabá – una de las estancias del universo – y es protectora de los Barí que habitan la Sierra”

 Mariela Arvelo se desdobla en Irena y trae a colación, a gozosa colación, la perspectiva mítica. Escribe en Tu palacio: “Seis vasijas  pequeñas, con rostros de ángeles desesperados, contenían savia de árboles”. Hagamos memoria un momento de lo que dijo Jaspers sobre el mito y sobre el “había una vez”. Este último nos brinda un tiempo inmemorial que no podemos localizar en ninguna época determinada  sino en una dimensión fabulable. “Irena es, pues, la historia de dos pueblos. De uno solo, más bien, a cuatro siglos de distancia”. Porque la autora llevó siempre consigo  “la tentación de entrelazar en mi relato a los dos pueblos Chibcha-Barí”. Y lo ha hecho. Sólo que a pesar de su minuciosa investigación realizada en torno a estos dos pueblos, el tiempo que se nos da en el libro es un tiempo de fabulación: los indios Barí ya no son en su relato unos indios determinados y precisos, son figuras legendarias traídas por la mano de Irena que murió a los 15 años y sobrevive dentro de una visión de tiempo mágico, mítico.

 Esta Irena, que Mariela Arvelo asume con lenguaje de tintes épicos, ¿no será un rasgo que aflora súbitamente con la prosa? ¿No será la sombra de que nos habla Carlos Gustavo Jung, en su manifestación positiva? Algo que no conocemos, un matiz fuerte de la personalidad, cabe que esté escondido y que aflore en un momento dado. Ha aflorado quizás en estas páginas donde leemos: “Había mercado cada cuatro soles. Y el centro era la Piedra de los Mercaderes. Agricultores de otras siembras, con legumbres crecidas ese mismo momento: maíz de seis colores, piñas fecundas e infecundas, hojas y yerbas buenas, capaces de evadir cualquier secreta maldición.”

 Mariela Arvelo ha tomado quizás de lo que Jung denomina sombra, lo más primario y puro de su ser: lo que hay en ella de flor, de enredadera, de liana salvaje y cimbreante, de agua alborotada por la lluvia, del lirismo más candoroso y primitivo. No se trata de una duplicidad interior sino de felicitarse porque encontramos al fondo de nosotros mucho de la atmósfera primera en que nos engalanábamos con oro o ejercíamos mitos. Estamos ante lo que ella denomina historia que no lo es, y si lo es, es una historia fabulada, soñada, individualizada, llevada hasta el extremo intenso de sentir de sí misma.

 ¿En qué día, a qué hora, sucedió lo que sigue? “Las cuatro niñas descendieron. Y tarareaban el orgullo. Las sahumaron con menta, las arroparon con mantas riquísimas, y después se alejaron. Después nos alejamos, hasta el último nardo que ellas debían abrir”. Esto ha sucedido en una edad cargada de abalorios, cetros ancestrales, mostacilla de piedra preciosa en las sienes y las mejillas. Mariela Arvelo ha salido al encuentro de dos pueblos antiguos, soñadores, y narra lo que no es historia sino como una leyenda cruzada por aves que casi aúllan de alegría y por hojas de árboles a los que mueve la creatividad como si fuese buena brisa.

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ABCD

Por: Luis Beltrán Guerrero
Sección: Candideces
El Universal, Caracas, martes 15 de septiembre de 1987

 

Arvelo, Mariela, hija del gran poeta Alberto Arvelo Torrealba, cuyo Florentino y el Diablo equivale entre nosotros al Martín Fierro argentino. Licenciada en Letras. Licenciosa de la fabulación lírica, había publicado Vitrales, relatos; El Trueno fue una de mis Tumbas, novela; guarda inéditos tres libros y trabaja en una obra sobre los árabes de Córdoba durante el siglo x. Sobresale su trilogía indigenista: Akaida, sobre los warao; Orasimi, sobre los yanomami; y ahora esta Irena, consagrada a los motilones de Perijá, en donde se prolonga la cultura barí de los chibchas. Alberto Arvelo Mendoza ilustra el libro con la fantasía infantil con que Mariela escribió La Dama de los Cardos. El trazo gráfico no desdice del canto ni del cuento.  

 Acabadas las distinciones genéricas: mito, fabulación, sobre soportes científicos de etnografía y arqueología. Investigación. Realismo mágico y real maravilloso en conjunción. Uslar y Carpentier. La Teoría y Práctica del Cuento de José Balza (El Nacional. PL. 6-9-87) son aforismos que expresan más que Irle mar Chianti y José Antonio Bravo. Pero menos que Slawkenbergius, personaje de Tristram Shandy de Laurence Sterne. “Un cuento bien construido y dispuesto, no solo goza (gaudet) de la catástrofe y peripecia de un drama, sino que además goza de todas sus partes esenciales e integrantes – tiene su prótasis, catástasis su Catástrofe y Peripecia que surgen la una de la otra en él, en el mismo orden en que Aristóteles las planteó por primera vez. – y sin las cuales un cuento no merece la pena de ser escrito, sino que más vale que su autor se lo calle. (p. 207, Planeta, 1976). Por sobre el cuento, el Canto. Como hija de quien es  la dulce y fuerte Mariela.

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